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I 4 í 5 2 í IfdIÍK! ¡á H s s Q 5 i i V f J m fifí- -C. íív- í fc. í S. Sá 5 Stí S 5 í Sí 5 SÍ 5. S 5? lodas del primer PrMpe de Astarias con Catalina de Lancaster I recuerdo de Aljubarrota tenía ensoberbecidos á los portugueses, lin Galicia el duque de Lancaster, casado con una hija del rey don Pedro I de Castilla, amenazaba con alzarse Rey. Un díscolo conde asturiano desmandábase á lo mejor, y d o n j u á n I no sabía cómo acudir á todas partes. Bn situación tan aptirada, parecióle bueno al Rej a elar al buen consejo y á las artes de ¡a diplomacia antes que á la guerra, y determinó enviar á fray Fernando de Illescas, su confesor, al maestro en leyes y en mundología, Pero Sánchez del Castillo y á Martínez de Villarreal, que fueran á Bayona y concertaran la boda del infante don Ktirique con Catalina, hija del duque de I ancaster. A Francia pasaron, pues, estos varones y pronto supo don Juan el buen resultado de su demanda y que doña Catalina disponíase á venir á Castil a. Jíispuso el Rey que partieran á recibir á la hija del duque de Lancaster á Fuenterrabía damas y caballeros distinguidos, porque anhelaba D. Juan que su futura nuera entrase en sus listados con mucha y muy honrosa compañía. Entretanto, dispusiéronse en Falencia las cosas de modo que los fe. stejos de las bodas del Infante sobrepujasen en esplendor á todos aquellos de que se conservaba memoria. Era Falencia entonces una de las más hermosas ciudades de España; en las parroquias, hoy desaparecidas, de San Martín, San F steban, Sari Justo, Santo Tomé y Santa Ana, paredes y balcones lucían reposteros, tapices y colgaduras; las torres de los templos fueron adornadas con banderas y gallardetes. Todo el itinerario que doña Catalina había de recorrer estaba alforo. brado de flores y de verde follaje. El merino de I alencia ocupábase en vigilar estos preparativos, seguido de su escolta, que tenía el privilegio de llevar altas las picas aun en presencia del Monarca. Y llegó al cabo un día de Septiembre á Falencia doña Catalina, 3 tras ella, fastuoso séquito. Al to ¿ue de campanas y entre aclamaciones de júbilo, fué recibida. Agolpábase el pueblo á verla, porque era bien dispuesta en el talle y gallardía del cuerpo, y muy honesta, liberal y magnífica. Unidos D. Enrique y doña Catalina por palabras de presente, como dice el viejo cronista, comenzaron las fiestas, que fueron muchas y variadas, entre ellas un torneo, presenciado por la gentil desposada y el adolescente Enrique, á quienes honró el Rey, muy gozoso del acierto con que había terminado la pretensión del de Lancaster á ocupar el trono de Castilla. Y allí en el torneo se parecían los caballeros ingleses que con doña Catalina llegaron, los cuales ostentaban las ricas preseas, joyeles y collares que el rey D. Juan les regalara, y allí estaban también las hermosas y nobles damas palentinas con bandas de oro sobre los tocados, gala que el Rey por gracia les concediera poco tiempo antes. En liza entraron los más famosos paladines, y lucieron su gallardía y buenas artes, s ¡esfuerzo de sus brazos y la bizarra apostura de sus cuerpos. El concurso los saludaba con a, plausos al conocer quiénes eran por los cuarteles de los escudos que llevaban, y durante tres días la ciudad cutera ardió en festejos y alegría. DIIHJ. IO D E M É N D E Z BRINCA í %1 fc