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SAiNT- SAENS U N A ANÉCDOTA SÍIINT- SAENS es an- dariego, incansable e x p l o r a d o r de lo desconocido. No es fose de liombre de genio, originalidad histrióni ca d e t e m p e r a m e n t o iesequilibrado su afán por huir el mundana! ruid Parece más bien íed de curioso, desasosiego de espíritu anhe ante de novedades y de c o s a s imprevistas ue luista en su obra se traduce por un poderoso aliento de innovación y de originalidad. Guarda bien el secreto de sus vi ai es. vSale un día tí París sin despedirse y arriba otro, al cabo de meses, la- viLle lumierc sin avisarlo. Ni aun alretorno de la ioi nada cuenta dónde ha estado. Por presente trae casi siempre algo nuevo, puesto que para el maestro no hay OC OÍ, como no los hay taniooco para su p ersona trashumante. a hace años, bastantes á fe mía, que. su mis. eriosa salida de París dio que hablar á las gentes, in q le descubriera su paradero el infatigable husmeo de los rc- poriers. Creíasele por Egipto, en ía tierra faraónica, á orillas del Kilo sagrado, de cuyos cantos primitivos y danzas, muellemente orientales, sacara Verdi el sabor sexual y religioso, alma del viejo pueblo que infiltrara en A ¡da. Pasaron días, meses, y el espionaje reporicril era burlado. I a casualidad descubrió el escondite. Muchos, hasta hoy, no saben cómo se realizó el milagro Yo lo oí contar entonces y en esos días oí por primera vez al maestro. Fué en Canarias. Aún no se había inaugurado el hermoso teatro Pérez (faldas, y en el viejo coliseo, que llamaron Cairasco, actuaba una compañía de zarzuela, con repertorio del género chico ó grande (c ue á tanto no llega mi memoria para precisarlo) indudablemente de cómicos de la legua y cantantes averiados. I,o s tiempos y el teatro no exigían otra cosa. Como abonado y constante espectador, que ni siquiera ensayo de la troupe perdonaba, aparecía día y noche en su butaca un buen señor con tipo de burgués, nariz larga y cabalgando sobre ella nerviosamente movidos ios lentes, por las trazas extranjero, sin llamar mucho la atención. Sólo se hacía notar á veces por el estrépito con que aplaudiera algún gorgorito de tiple mala, auncj ue con pretensiones, sobre todo, en mi tierra, fronteriza al África. Y nada más. Ke pronto, un día faltó en la orquesta el músico de los timbales. No era posible el ensayo. Salió de entre los espectadores un músico voluntario. Era el extranjero, que se obstinaba en ofrecerse para tocar platillos- r timbales. Vinieron las risas, pero, al fin, como el caso era de apuro y la oferta era insistentemente reiterada, accedió el director cor sorna, más bien preparando un manteamiento del desconocido para regocijar al público. Pero... el liombre sabía. La mueca con que se iniciaba la risa se trocó en gesto de asombro. ¿Ouiéu era aquel extraño? Sospechas, conjeturas, cavilaciones, hasta que alguien, fijándose en aquel rostro recordó que otro parecido vio alguna vez en Ilustraciones literarias ó en Revistas musicales. De la tenacidad en el recuerdo vino la tentación de repasar colecciones de periódicos ilustrados... y ¡fiat hixl Kra Samt- Saéns; se trataba del gran maestro, eminencia universal. ¡Qué asombro y sonrojo en los cómicos de la legua! ¡Cómo se desataron las hablillas comadrescas revueltas con admirativas expresiones del buen pueblo canario! Negó al principio Saint- Saéns su personalidad, pero a l a postre, no tuvo más remedio que declarar su autenticidad. En tanto, el reporterismo parisién seguía buscándole por los más extremos rincones del mundo. No tardaron indiscretamente mis paisanos en delatar la residencia del gran compositor. ¡Poco ganaba en prez con ello el país! Dado su carácter, amante de la libertad en el vivir, era de sirponer que, descubierto, emigrara á toda prisa con ánimos de nunca volver. Desmintiólo en esta ocasión. Casi anualmente ahí, en Canarias, jíasa temporadas. Va y viene como si de casa fuese. A fines de invierno llega, anunciando su retorno con aquella voz ásperamente chillona que ya todos conocen. Nada de honores ni de cumplidos. Es un simple mortal que se codea sencillamente con todo el mundo. ¡Y él, el mejor pianista universal, según ie reputan los críticos, entretiene los ocios en teclear un piano cascado de mala fonda! Si se fatiga de las excursiones por el campo, descansa sobre las hojas de papel pautado. De los cantos indígenas del país canario, que Power recogiera, nada h a utilizado en sus obras. Su Vals canariole y Las campanas de Las Fcdinas no son otra cosa que un recuerdo cariñoso de su estancia en la tierra insular atlántica. Si ha salido de París y hay ansiedad de saber su paradero como otras veces, que lo vayan á buscar allá. ANGKL C- I J E R R A rtrnl TO TIR- R. FSTKV. VTC