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rtéMerío! Iba un perro de lanas ruzando las planicies casfeilanas por cierta concurrida carretera, y cogiéndole al pobre descuidado, un automóvil en su audaz carrera e dejó con las ruedas aplastado. Condújole un arriero hasta un ventorro con honores de Casa de Socorro, y allí el veterinario j- osé Puente, que se hallaba en la venta casualmente, ei aminó al difunto, y en una zona estrecha que avanzaba por el lomo y llegaba á un sitio que me callo, con e? ítrañeza suma vio que el perro en cuestión tenía pluma incrustada en la piel igual que un gallo. ¡Qué fenómeno, Dios! -mirando al muerto el albéifar gritó. -f lo es que me alabe; pero yo en este bicho he descubierto el primer chucho que á la vez es ave. Previos los requisitos consiguientes, á Berlín mandó al perro más que á paso á fin de que estudiaran aquel caso los sabios alemanes en. nentes. Rodó por Academias, en efecto, produciendo el asombro más profundo el primer animal de aquel aspecto que se ha visto con plumas en el mundo; y algún tiempo después, ¡quién lo creyera! un peón caminero, destinado á servir en la misma carretera donde fué el pobre can despachurrado, contó que el automóvil asesino, poco antes de llegar por su caminó donde e! perro se hallaba, entre neblinas de polvorientas brumas frente á unas arboledas había atropellado á dos galn nas, llevándose las plumas pegadas en las llantas de las ruedas. Gon tal declaración, que descubría en qué lo de las plumas consistía, sufrieron un fracaso, estudies y desvelos; cuentan que en Berlín, sabido el caso, os sabios de los pelos.