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fc if CUNA Y SEPULTURA QESTRO amigo era niño cuando plantó el árbol aquel en el jardín que circunda la casa solariega. Lo plantó para memoria de la primera comunión. El jardinero dispuso el terreno y cavó el hoyo donde iba á soterrarse la simiente diminuta que había de ser tronco robusto, raíces fuertes, ramas frondosas y copa altísima. El niño, por sus propias manos, depositó el germen, le echó encima la tierra y sobre la tierra el agua para humedecerla. Aquello semejaba el compendio de la vida. Uníanse allí la cuna y la sepult u r a Cuando se abría el hoyo parecía que se cavaba la fosa, y el riego parecía el agua bautismal cayendo sobre un reciennacido. La simiente tardó en brotar: la madre tierra tiene su periodo de gestación como la madre animal. ¡Qué alegría la del niño al ver la tierna cabecilla de la planta asomando por entre los terrones, que se abrían blandamente para dar paso á su engendro! El arbolillo tomaba forma, su tronco se iba endureciendo y echando ramas y hojas, y crecía y crecía, siguiendo la recta de la estaca que lo sostenía. El niño comprobaba frecuentemente el crecimiento de la planta, que iba aire arriba hasta pasar por encima de su plantador. Y así se hizo árbol á la par que el niño se hizo hombre. Y ambos seguían viviendo, el uno en el jardín y el otro en la casa donde nacieron. Cierto día el hombre (30 al árbol: Ahí quedas, hijo de mi trabajo y hermano de mi infancia, y ahí permanecerás quieto y clavado en el regazo de tu madre la tierra y sin separarte de ella. Tanto os amáis, que si te arrancaran morirías. Pero el hombre no ha nacido para vivir y morir en el mismo lugar, sujeto siempre á sus raíces. Precisamente empieza á vivir en el momento en que se desprende del seno de su madre. Y el mancebo se despidió de su jardín y de su morada para correr mundo. Nada ni nadie le ligaba al hogar. Muertos sus padres, quedó solo y rico; la mocedad acompañada de la riqueza no gusta de la quietud y empuja á las aventuras y á los goces de la vida. Los buscó en las grandes ciudades cosmopolitas, tan lejanas y tan distintas de aquella humilde villa escondida en un rincón de España. Andando los años, volvió á ella. Llevábanle cuidados de su hacienda. Vio el árbol de su infancia. ¡Cuánto había crecido y ensanchado! Su copa se remontaba ya por encima de los tejados, sus ramas cubrían los balcones de la casa. Estaba en la plena robustez de la vida, como su dueño. ¡Qué tranquilo el uno, dormido en el mismo lugar, teniendo por lecho perpetuo la cuna donde nació, bebiendo la misma agua, respirando el mismo aire, nutriéndose de la misma tierra! ¡Y cuántas tierras nuevas había pisado el otro con aquellos pies despegados del suelo natal!