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fS l L sabio se levantó cubriéndose los ojos con las manos; llegró hasta la ventana, la abrió, recliVSyll nó el cuerpo en el antepeclio y suspiró de honda fatiga. Aclaremos qué especie de sabio era éste, pues los hay de muy diversas marcas. Pertenecía á la especie de los investigadores del pormenor; su instrumento de trabajo era el microscopio. Siempre inclinado sobre la lente, recogía y anotaba las sorpresas infinitas de la contextura íntima de la materia. Lo que los distraídos mortales ven como línea, color y forma, era para el sabio de mi cuento red complicadísima, labor de taracea en que se combinan los más exactos y diminutos dibujos, cruzamiento maravilloso de celditas, hilos, ruedas, puntos, asteriscos, palmas, grecas, cenefas, losanges, ó mar tempestuoso formado por una gota de sangre ó una gota de agua, y en el cual monstruos y larvas, seres que parecen engendrados por el misterio y el horror, luchan, se reproducen y se aniquilan en su furiosa y desatada existencia de un minuto... Para el sabio era el vidrio de su microscopio el ara de la verdad. Incansable, á la luz del sol ó con el auxilio de potente reflector eléctrico, escrutaba y escrutaba. Tenía esperanzas de llegar á ver algo que no hubiese visto ya la falange de sabios encerrada en otros gabinetes, allá en ciudades lejanas y populares, é inclinada sobre otros vidrios día y noche. ¿Quién no aspira á ser ún co, á descubrirse su continente, Y el sabio, ávidamente, se sumergía en las aguas invisibles Cuando más embebido andaba en sus indagaciones, advirtió que entre el campo del ocular y sus ojos parecía extenderse un tenue tul. Se presentaba y desaparecía, era menos que una sombra. Poco á poco, sin embargo, el tul engrosó, se hizo compacto y tardó más en disiparse. Convirtióse después en niebla densa. El sabio determinó consultar á otro sabio, consagrado al estudio y curación de las enfermedades de la vista. La sentencia del segundo sabio fué tal como podía adivinarse; porque la sabiduría prohibe iníaliblemeute lo que el corazón desea más. No trabaje usted al microscopio -escuchó nuestro sabio, so pena de quedarse ciego. ¡Sentencia cruel! Para él sabio, no existía otro mundo sino el del microscopio. Su pasión, la finalidad de su existir, se encerraban en el circuito de aquellos dos vidrios convergentes, en cuyo estrecho campo se desbordaban la impetuosa vida de la materia orgánica y la rica estructura de la inorgánica. ¿No trabajar al microscopio? Se moriría de tedio, se le caería el alma á pedazos. Además de la tiranía del ensueño ideal, que es la verdadera clave de los estudios más serios y científicos, le arrastraba hacia el microscopio otra tiranía, quizá más imperiosa, la del hábito. Y, como se cede á una inclinación viciosa, á paso furtivo- aunque estaba solo, -sentábase ante la mesa, disponía sus preparaciones, deslizaba la placa bajo el objetivo, y se entregaba con delicia á la ardorosa contemplación de lo invisible... Pero la nube volvía á presentarse, á ocultar el espectáculo... Más terminante que la sentencia del oculista, la advertencia de la naturaleza no podía desoírse. Ese fué el momento en que el sabio se levantó, cubriéndose con ambas manos los ojos; llegó hasta la ventana, la abrió, reclinó el cuerpo en el antepecho y suspiró de honda fatiga... El aire fresco -vivo le reanimó un poco. La contracción de sus pupilas cesó al meterse por ellas el hermoso panorama de la ciudad, rodeada de huertas, jardines y praderías, y bañada por el curso sesgo, tranquilo y espejeante de un río de cristal gris con cambiantes irisados. Los edificios, á lo lejos, parecían flotar en una bruma fina de nácar y plata, sobre un celaje matinal de delicados vapores. Jn rayo de sol, hiriendo la aguja de una torre de iglesia, toda cuajada de pináculos y cresterías, la convirtió un in. stante en flecha de oro viejo, que rasgaba las neblinas suaves, Y el sabio pensó, sorprendido: -Yo no había vi. sto esto nunca. Bajo la ventana misma del sabio, hacía un remanso el curso del río. La primavera, entrada ya al soplo de unas blandas brisas de Abril, tenía revestida la margen de una orla apretada de espadañas y lirios florecientes, color de amatista y color de pluma de canario. Dos mariposas blancas que se perseguían y jugaban, columpiándose y huyéndose, juntaron al fin sus leves corpezuelos de felpa argentina en el cáliz de un lirio amarillo, ni aun doblado al peso. En la corriente del río brinco un pez, formando el agua ligeros remolinos temblantes de sol al cortarla el relámpago de las escamas de la trucha. Y el sabio volvió á pensar, atónito: ¡Yo jamás había visto ésto... EMII. I. V PARDO BAZAN DIBUJO DE VÁRELA