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BE PIGüBAS SIH EELIEVE KIv CHINDO FEFK; o habéis visto pasear por los altos de la Castellana, durante las horas de sol invernal, a un señor paralítico que guía desde su asiento la rueda delantera del pequeño catíicoche que le conduce... ¿Habéis observado un mozo que, con cruzada americana negra y gorra de plato, empuja distraído el vehículo del enfermo... Pues ese mozo es el criado Pepe. No es el mayordomo Juan de ancha cara orlada de patillas, ni el lacayo Manuel de afeitado rostro, ni el asistente Ramírez de porte desenvuelto. No tiene Pepe, el criado, carácter tan definido ni líneas tan acusadas. Ni vive en casa de los señores, ni gasta librea, ni luce uniforme. Hasta de la ruin y paradógica grandeza en el servir está privado. Siervo durante algunas horas tan sólo, vuelve, pasadas éstas, á su casa. Allí habita con una vieja hermana que le cuida ó con unos pobres tíos á quienes sostiene. Le son precisos unos ochavos, y para conseguirlos aprovecha bien el tiempo. Sirve á varios amos en distintos menesteres. Va por las mañanas á contestar la correspondencia de un rico avaro que administra por sí mismo sus extensas propiedades. Sale por la tarde empujando el carrito del viejo gotoso, y atavíase para este acto, el más oficial que desempeña, con aquel traje que no llega á uniforme, pero que imprime á su persona aire servil. Apenas el paralítico encuentra un amigo, Pepe detiene el coche y apártase á distancia. Las gentes, atentas á los dolores del impedido, no ven los de aquella otra figura no menos desdichada. La compasión equivoca el camino y no se para ni enreda en el escaso relieve del obscuro personaje. Hasta empujando el carro de su amo le está vedado á Pepe ejercer su voluntad. Ls el señoi quien, apoyando sobre la varilla de hierro su mano temblona, imprime al coche una ú otra dirección con libertad absoluta. El criado tan sólo pone el esfuerzo bruto, el impulso ciego, la energía anónima y fatal... ¡Es su destino! El paseo concluye al fin, pero no el trabajo. Con más modestos vestidos, va Pepe todas las noches á leerlos periódicos á un ciego, que. á cambio de retribución mezquina, le obliga á discutir de política, de crímenes, de pleitos, de mil cosas, que juntos leen y juntos no entienden. Terminado este pálido quehacer, vuelve el muchacho á su casa. Allí dedica unos momentos al cuidado de sí mismo, cepillando su gorra de visera, cosiendo un botón sobre la negra americana ó lustrando sus recias botas. Al día siguiente, torna á lo mismo... La monotonía de estos actos le han convertido en un autómata distraído, abúlico y triste, castrando en él toda ambición. ¿Toda? ¡Quién sabe si alguna vez su instintivo egoísmo le hace soñar, durante sus paseos al sol, con heredar un día la fortuna del paralítico! Algunos casos semejantes han ocurrido. Demasiado lo sabe él por los periódicos del ciego. Pero nada hay seguro, piensa nuestro modesto héroe; y sigue empujando á ciegas aquel triste carrito, donde quizás va su porvenir risueño ó donde acaso no va... DIBUJO ÜE F. SA i TA L u i s DE TAPIA