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siempre en su cintura, tres veces, de tal guisa que hubo como un temblor extraño por todos los alrededores. Al son del cuerno mágico fueron llegando todos los sabios llenos de la ciencia de Oriente, que, como eran tan sabios, eran reyes 3 conocían los secretos de la magia. I os persas tenían riquísimas mitras y vestiduras que mostraban bordados los signos del Zodiaco; los de la India iban casi desnudos, con el misterio en los ojos y las cabelleras copiosas y luengas; otros, hebreos, tenían sobre los pechos, pintadas en telas color de jacinto, palabras sagradas y nombres arcanos; otros, de lejanos países, tenían coronas de oro y barbas trenzadas con hilos de oro, y en las manos sortijas de oro y gemas preciosas. Mirólos á todos la Princesa y permaneció muda. Mas avino que llegaron los últimos tres reyes extraños, llamados: Baltazar, de la raza de Jafet; Gaspar, de la raza de Cam; Melchor, de la raza de Sem. Todos tres estuvieron largo tiempo contemplando á la princesa Psiquia, después de lo cual hablaron al desconsolado monarca de la manera que se va á saber: CAPÍTULO IV D E CÓMO LOS TRES KEYES HABLARON D E U N I L U S T R E Y SANTO EXTRANJERO LLAMADO TOMÁS, QUE E N E L PAÍS D E ELLOS HABÍALES BAUTIZADO EN NOMBRE D E L VERDADERO DIOS Dijeron los tres Reyes que en los ojos de la Princesa se miraban los resplandores de los deseos profundos é insaciables; que la ciencia de los magos no era suficiente á apagar la sed del alma de Psiquia; que ellos, que habían conocido las tradiciones baalamitas y habían profundizado los misterios de los astros, haíjían ido á un lugar lejano, hacía tiempo, á ofrendar oro, incienso y mirra, á un Dios nuevo, el único grande y todopoderoso, el cual encontraron en un pesebre, y que habían sido guiados por una estrella; y que en esos mismos instantes estaba aún en el país de ellos un enviado de aquel Dios, llamado Tomás, el cual les había infundido una m. ejor sabiduría de la que antes poseyeran; y les había bautizado en nombre de nuestro Señor Jesucristo, cuyo poderío é imperio destruían la influencia y poderío de los ídolos y todas las argucias de Satanás, príncipe de los malos espíritus. A lo cual, el gigantesco Rey mago envió en busca del extranjero Tomás, el cual entró á la ciudad, y en aquel mismo instante cayeron al suelo despedazados los ídolos de las plazas, porque era Tomás el Santo, que tocó las llagas del Cristo resucitado, é iba por lejanos países predicando las verdades del Evangelio. Y al ver al santo, púsose en pie la princesa Psiquia y pronunció las siguientes palabras: ¡Oh enviado del más grande de los dioses! ¡Considera cuál será mi desolación y mi honda pena, pttes no puedo llevar á mis labios el agua única que puede calmar la sed de mi alma! No es el amor, ¡oh Príncipes! lo que está oculto á mis ojos, pues sé cómo son sus raras dulzuras, sus portentosas maravillas y los secretos todos de su poder, y por eso mis labios no se han movido cuando los herederos de los grandes reinos y los más bellos mancebos han venido á enamorarme; no es la gloria, cuyas palmas conozco y he escuchado resonar en el más espléndido y admirable de los carros triunfales; no es la fuerza, y así no me he conmovido ante el desfile de los conquistadores que han pasado cubiertos de hierro, con sus enormes hachas y espadas, semejantes por su fortaleza á los invisibles caballeros de los truenos; no es la ciencia, cuj a última palabra he aprendido, ¡oh padre! gracias á ti y á los genios que han venido á mis evocaciones; y así tampoco delante de los sabios y magos ha pronunciado mi lengua una sola palabra. ¡Oh extranjero! exclamó con voz más alta y solemne: el secreto cuya posesión sería mi única dicha, tan solamente un hombre puede enseñármelo: un hombre de tu país, que en estos momentos pasa á muchas leguas de aquí, camino de Galia, vestido con una áspera túnica, apoyado en un tosco bordón, ceñidos los ríñones con una cuerda. Ruégete, ¡oh enviado del verdadero Dios! vea yo mi felicidad, sabiendo el misterio que ansio conocer, y así seré la Princesa más feliz de la tierra. ¡Oh desdichada! respondió Tomás ante los oyentes maravillados. ¿No sabes que tus deseos son contra la voUmtad del Padre? ¿No sabes que ningún humano, fuera de ese peregrino que pasa camino de Galia, puede poseer el más tremendo de los secretos, el secreto que ansias conocer? Mas sea en bien de nuestro Señor, y cúmplase J su voluntad. Y subió Tomás el Santo á la más alta de las torres de la ciudad y clamó por tres veces: ¡L, ázaro! ¡Lázaro! ¡Lázaro! CAPÍTULO V m, EN, OUE CONCLUYE LA HISTORIA PRODIGIOSA D E L- A PRINCESA PSIQUIA Y vióse llegar á un hombre, vestido con una áspera túnica, apo 3 íado en un tosco bordón, ceñidos los ríñones con una cuerda. A su paso, todas las cosas parecía que temblaban misteriosamente. Era pálido. No se podía contemplar sus ojos sin sufrir un vértigo desconocido. Mas los ojos de Psiquia, que sonreía, se clavaron en ellos, como queriendo penetrar violentamente en alguna oculta y profunda tiniebla. El se acercó con lentitud á la Princesa y habló dos palabras al oído. Psiquia escuchó, y quedó al instante dulcemente dormida. ¡Psiquia! ¡Psiquia! rugió el enorme Rey de cabeza de león. ¡Psiquia estaba dormida para siempre! Tomás bautizó á los gigantes vecinos de los tres Reyes Magos; y así ganó muchas almas para el cielo y para la gloria de nuestro Señor Jesucristo Salvador del mundo, al cual sean dados gloria, honor é imperio, per infinita scecula saculorum, amen. Aquí concluye la historia de la princesa Psiquia. R U B É N DARÍO Dir. U. 103 DE MÉNDEZ líRINGA