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poaer secreto, intacta y triunfante, y parecía una reina de la naturaleza, que todo lo dominaba con el supremo encanto de su beldad; ó mirarla rodeada de las más raras aves, á las cuales oía sus confidencias; ó fija, desde su kiosco florido, en los astros del cielo, en los cuales había aprendido á leer. Y sucedió que, tan llena de ciencia de magia como estaba, un día amaneció desolada y triste, bañada en lágrimas, y no pronunciaba palabra, como si fuese una estatua de piedra de mármol. CAPÍTULO I I I D E LOS VARIOS MODOS QUE ET, REY EMPLEÓ PAR. A AVERIGUAR LA CAUSA D E LA DESOLACIÓN D E LA PRINCESA, Y D E CÓMO LLEGARON T R E S REYES VECINOS En vano el Rey dirigía sus palabras y amables razones á su bella hija, pues ella permanecía sin decir palabra de la causa que la tenía en tan lamentable tristeza y mudez. Y como el soberano peni yJ J s i i- sorta y desolada á la Princesa, mandó á cuatro de sus más fuertes trompeteros á tocar en la más alta de las torres de la ciudad, y hacia el lado en quenacela aurora, cuatrosonorastrompetas deoro. El claro clamor fué alegrando las montañas, y, con la obra de su magia, haciendo cantar de amor á las aves, y reverdecer de amor á los árboles, y humedecerse de amor las fauces de las fieras, y reventar de amor los botones de las flores, 3 el aire alegre cantar, y las rocas mismas sentir como s i dentro de sus duras cortezas tuvieran un corazón. Y á poco fueron llegando, primeramente un príncipe de la China en un palanquín que venía por el aire y que tenía la forma de un pavo real, de manera que la cola pintada naturalmente con todos los colores del arco iris, servíale de dosel incomparable, obra toda de unos espíritus que llaman genios. Y después un príncipe de la Mesopotamia, de gallardísima presencia, con ricos vestidos, y conducido en un carro lleno de piedras preciosas, como diamantes, rubíes, esmeraldas, crisoberilos y la piedra peregrina y brillante dicha carbunclo. Y otro príncipe del país de Golconda, también bello y dueño de indescriptibles pedrerías; y otro de Ormuz, que dejaba en el ambiente un suave y deleitoso perfume, porque su carroza y sus vestidos y todo él estaban adornados con las perlas del mar de su reino, las cuales despiden aromas excelentísimos como las más olorosas flores y son preferidas por las hechiceras nombradas fadas, cuando hacen, como madrinas, presentes en las bodas de las hijas de los reyes orientales. Y luego un príncipe de Persia, que tenía una soberbia cabellera é iba precedido d e esclavos que quemaban perfumes y tocaban instrumentos que producían músicas exquisitas. Y otros príncipes más de la Arabia Feliz y de los más remotos lugares de la India. Y todos fueron vistos por lá Princesa, que no pronunciaba una palabra y estaba cada día más triste; y ninguno de ellos logró ser el elegido de ella, ó tornarla despierta al amor como ellos lo habían sido, desde sus países lejanos, al eco de las mágicas trompetas de oro. Por lo cual el Rey sufrió gran descorazonamiento, y coino quisiese siempre averiguar la causa del mal de Psiquia, envió á cuatro más fuertes trompeteros á tocaren l a m a s alta de las torres déla ciudad, y hacia el lado del país déla Grecia, cuatro sonoras trompetas de plata. Del lado del país de los griegos llegó entonces una gran carroza en donde maravillosos liristas hacían resonar sus liras, y jóvenes hermosos agitaban palmas, y una alta figura de mujer, con grandísimo decoro, extendía dos alas como de ángel, y tenía cerca de sus labios, asido con la diestra, un largo clarín. Y Psiquia miró el carro glorioso y no dijo palabra. Entonces envió el Rey otros cuatro gigantes trompeteros á tocar, en la más alta de las torres de la ciudad, cuatro sonoras trompetas de bronce á todos los cuatro puntos del horizonte. Oyóse un grande estruendo, y era que venían de todos los lados del mundo los caballeros que combatían y tenían en su brazo la fuer- za, vestidos de hierro, y cabalgaban en caballos vestidos de hierro también; y á su paso temblaba la tierra. Los más bravos venían de entre los sarracenos, de la tierra d e Galla, en donde había las más