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HISTORIA PRODIGIOSA DE LA PRINCESA PSIQUIA SEGÚN SE HALLA KSCKITA POR LIBOKIO MONJE, E S UN CÓDICE DE EA ABADÍA DE SAS IIEKMASCIO E S lEITÍTA CAPITULO PRIMERO D E LA CIUDAD E N OUE MORABA I A PRINCESA PSIQUIA, Y DET REY MAGO, SU PADRE l jmj ÉüY más allá del territorio de Emesa, en Fenicia, en tiempos de las persecuciones de Se gundo y de las santas prédicas del santo varón Onofre, Ciborio, monje, escribió la peregrina historia de la princesa Psiquia, la cual fuéle narrada por un gentil que fué purificado con las aguas del bautismo; el cual gentil había liabitado la ciudad portentosa en donde se verificaron los sucesos en estas páginas rememorados. Este monje Liborio fué amigo de Galaciós el santo y de Epistena, que padecieron martirio bajo el poder del emperador Decio Y era la ciudad en donde habitaba el Rey mago la mayor y más grande de todas las ciudades de un vastísimo y escondido reino de Asia, en donde los hombres tenían colosales estaturas y costumbres distintas, y maneras de otro modo que todos los otros hombres; y por cuanto no había llegado todavía, en el tiempo en que pasó la historia qtie nos ocupa, la luz que los apó. stoles d e r r a m a r o n por todo el mundo en nombre de nuestro Señor Jesiís, aquellos gigantes gentiles adoraban figuras é ídolos de metales diversos y de formas enormes y tremendas. Era la ciudad como una montaña de bronce y de piedra dura, j- los palacios monumentales tenían extrañas arquitecturas ignoradas de los cristianos, murallas inmensas, columnas y escaleras y espirales altísimas que casi se perdían en la altura de las nubes. Y cerca había bosques espesos y muy grandes florestas, en donde los cazadores del Rey cazaban leones, águilas y búfalos. En las plazas de la gran ciudad estaban los C ídolos, y ante ellos se encendían hogueras en donde se quemaban robles enteros y se celebraban fiestas mis í teriosas y sangrientas que contemplaba desde una silla de oro y de hierro el Rey, que era un reyínago que sabía la ciencia de los hechizos y conocía, como el rey Salomón, muchas cosas ocultas, á punto de que los pájaros de aire y las bestias del campo no tenían para él secretos, ni tampoco las ramas de los árboles, ni las voces de las montañas. Por. que había estudiado toda la ciencia de Oriente, en donde la magia era tenida en gran conocimiento; y era su sabiduría obra del espíritu maligno, del cual nuestro Señor Jesucristo nos libre. En el centro de la ciudad colosal estaba la morada del Rey, toda de mármol y piedra de ónix y coronada por maravillosas cúpulas y torres; y en medio de ella, en un kiosco primoroso, rodeado de un delicioso jardín en donde se veía lindísimas aves y flores de países recónditos, olorosas y de magníficos colores, vivía la hermosa hija del monarca, Psiquia, la cual superaba en blancura á las más blancas garzas reales y á los más ilustres cisnes. CAPITUL O II DESCRIPCIÓN D E EA BEEDAD D E PSIQUEA, Y CÓMO SU PADRE I N I C I Ó Á LA PRINCESA E N EOS SECRETOS D E EA M A G I A Entre todos los habitantes del reino, era Psiquia una excepción, pues en aquel país de gigantes, en la ciudad monumental, su figura no era desmesurada; antes bien, fina y suave, de modo que al lado del Rey, su padre, coloso de anchas manos y largas crines rojas, tenía el aspecto de una paloma humana ó una viva flor de lis. Sus ojos eran dos enigmas azules; sus cabellos resplandecían como impregnados de sol; su boca rosada era la más bella corola; la euritmia de su cuerpo, u n a gloria de armonía; y cuando su pequeña mano blanca se alzaba, bajábase blandamente domada la frente del gran Rey de cabeza de león. El cual habíale iniciado en los secretos de la magia, dándole á conocer las palabras poderosas de los ensalmos y de las evocaciones, las frases de las músicas del aire, las lenguaí de las aves y la íntima comprensión de todo lo que se mueve y vive sobre el haz de la tierra. Así la Princesa reía á sonoras carcajadas cuando escuchaba lo que decían los pájaros de su jardín, o se quedaba meditabunda al oír el soliloquio del chorro de una fuente ó la plática de los rosales movidos por el viento. Era, en verdad, bellamente prodigioso el contemplar cómo entre las fieras, tigres, leones, elefantes, panteras negras, que en circos y fosos euardábanse, iba ella como entre corderos, por la virtud de su