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í. f i W- POR LOS ANDENES EL ESTTJIDIJLTXTE AJO la marquesina de la minúscula estación, varias personas rodean á Pedro, que acaba de comprar un billete de segunda clase para Madrid. Pedro va á la corte á estudiar el primer curso de Derecb. o. Ha cumplido veinte años: es sobrado i e estatura, flexible, simpático; tiene risueños los labios, habladores los salientes y negrísimos ojos, la tez bronceada por los aii es serranos y el sol de las eras. Su padre le observa con enternecimiento tranquilo: es un señor bajito y apacible que sólo estuvo en Madrid una vez, poco después de casarse, para hacer unas compras; pero que ha sabido formarse un hogar y cree tener de la vida un concepto exacto. Todas las cosas que hoy se unen, mañana se separan: sus hijos le dejan como él dejó á su padre. Nada más natural; la ingratitud corre por las venas disuelta en la sangre. La madre no conoce esa resignación, y á cada momento sus viejos ojos, que no cesan de llorar desde hace ocho días, se bañan en lágrimas. Sus hermanas Gertrudis y María del Carmen procuran aliviarla con reflexiones vulgares de consolación. -No te apures, mujer; al chico nada malo ha de sucederle; el tiempo pasa pronto... Un mozo de andén se acerca al grupo. Pedro pregunta: ¿Tardará mucho en llegar el correo? -No, señor; ni tres minutos... Pedro mira al espacio: la emoción alegre de la partida y el anhelo de sentirse totabnente libre v dueño de sus actos, endurecen su alma, dejándole impasible ante el dolor de los suyos. Declina la tarde; el día ha sido espléndido; por el cielo azul las golondrinas y los vencejos, eternos vagabundos enamorados de todos los climas, parecen decirle adiós con sus ásperos gritos de independencia. De pronto suena un silbido, y por entre dos recuestos sembrados de chumberas aparece la locomotora negra y humeante. Gimen los frenos, el tren se detiene, las ventanillas de los vagones se llenan de cabezas curiosas. Una voz grita: ¡Equis, un minuto... No hay momento que perder. El padre abraza á Pedro estrechamente y reprime su dolor pensando: Es preciso. La madre le besa, le moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza en un bolsillo de la americana un sobre con dinero. Gertrudis 3 María del Carmen también le oprimen y besuquean. Una lluvia de buenos consejos cae sobre la loca cabeza del estudiante como agua de bendición. -Que seas juicioso... que estudies mucho... que no dejes de escribirnos... ¡Apártate de las malas compañías, hijo! -grita la madre. Pedro h a subido á su vagón; el tren se va. El estudiante, asomado á una ventanilla, contempla el paisaje, la torre de la iglesia, con sus campanas de voz inolvidable; los árboles, á cuya sombra leyó tantos libros que le entristecieron hablándole de cosas distantes. Al cruzar por delante d é l a carretera ve un carro detenido junto á la vía y un grupo de muchachas que, al reconocerle, le dicen adiós con sus pañuelos. Pedro se sienta y regi. stra sus bolsillos buscando tabaco y papel; sus dedos tropiezan con un sobre. ¿Qué es aquello? El estudiante rompe la nema y aparecen cincuenta, cien, doscientas pesetas... Es mi madre- -piensa- -quien me las ha dado. Pero aquel dinero no es para nada útil, porque de ser así, ella no se lo hubiese deslizado á hurtadillas. ¿Entonces... Y el mozo sonríe gozoso, comprendiendo que las pobres madres, por inocentes lugareñas que sean, saben más de la vida y están más cerca de la juventud que cualquier hombre. Una explosión calenturienta de júbilo le enajena: al fin va á conocer á Madrid, la gran cosmópolis, con su Universidad gloriosa, su Ateneo, donde han vibrado las voces de los sabios y escritores más preclaros; sus cafés, sus teatros, sus centros todos de sabiduría y de perdición... Pedro ríe: todo lo ha olvidado: padres, amigos de infancia, porvenir; fuera de acjuel tren en marcha, nada le preocupa; ante su anibición insaciable el mundo, todo el mundo inmenso y redondo, le parece un camino. DlnUJO DE REGIDOR EDUARDO Z A M A C O I S