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rr T T -s UN CR! A EN He couie j ero confesarlo por si liay almas piadosas que rat, absuelvan ó conciencias perturbadas que me ayuden á llevar la enorme carga de los remordimientos, f u é en una de estas noches terribles con que la Primavera quiso enseñarnos la falsedad de ciertos lugares comunes explotados por los cronistas. El cielo amenazaba lluvia, y un aire glacial entumecía los miembros, obligando á los transeúntes á caminar de prisa, bien enfundados en sus capas ó en sus gabanes. La imprevista prolongación de mis habituales tareas me obligó á cenar fuera de casa; y como tenía en el bolsillo siete pesetas cincuenta céntimos, dispuse darme un banquete á lo Lúculo. Para los individuos de la clase media lindantes de la mínima- -entre los cuales tengo la honra de contarme, -treinta reales son muchos reales, y en ellos puede fundamentarse un sueño... Así, pues, cené en Fornos un cubierto de á duro, tomé café y una copita de cognac, y después de pagar el consumo dando al mozo una propina decorosa, me quedé al frente de una peseta. Me sentí casi satisfecho; y digo casi, porque algo faltaba para mi completa satisfacción. Y este algo era un cigarro. Después de una buena comida, ¿hay nada mejor que un buen cigarro? Vosotros, los que no sois fumadores, los que no cultiváis ese dulce veneno de la inteligencia, los que desconocéis el placer de aspirar con delicia el humo de esa amarga planta para lanzarlo luego á los e. spacios en columna azulada que inspira tantos y tan bellos pensamientos, ignoráis uno de los t oc s más grandes de la existencia. No liav comida sin queso dicen los gastrónomos. íCo hay comida sin cigarro decimos los fumadores. El cigarro es como el plumero de un banquete. Le- fi anac ie, dicho en francés para que mejor se entienda. Y ¡oh, qué dicha causa el tener una necesidad y poder satisfacerla! Con los restos de mi fortuna podía cumplir inmediatamente mi deseo. Tardé poco en hacer mi presupuesto. Una breva de Caruucho, noventa céntimos; una caja de cerillas, diez; total: una peseta. Ya sé que hay cigarros de menos precio: de quince, de veinte, de veinticinco, de cincuenta céntimos; como sé que también los hay de precios superiores: los Cazadores de diferentes marcas, los Tacos, los Perfectos, los Predilectos, los Emperadores, las Coronas, las Águilas imperiales... Pero en aquel momento, si mi fortúname impedía aspirar á tan digno despilfarro, mis convicciones me prohibían asimismo descender hasta el cigarro peninsular, gustado por la plebe. Hallábame, en cuanto fumador, en esa áurea mediócritas en que se balancea nuestra brrena burguesía; en esa media tinta que dirige la sociedad presente; en esa ecuanimidad que aman los filósofos reposados y los tenderos de comestibles. Y en busca de mi Carancho salí á la calle, gustando de antemano sus delicias. A los pocos pasos, una voz suplicante me detuvo. Era un muchachillo harapiento, medio desnudo, destocado y descalzo que, acurrucado en el quicio de una puerta, imploraba la pública caridad. La gente pasaba de largo, sin detenerse, impulsada por el aire frío de la noche. Yo me detuve un momento. ¡Señorito, déjeme algo para ayuda de la cama ó para irme al cafetín! Y daba diente con diente al hacerme la solicitud. Confieso que, instintivamente, estuve á punto de entregarle la peseta. Pero el recuerdo del Carancho me quitó la intención y me hizo apagar la llama del instinto... ¿Conque es decir que yo no tengo derecho á mi cigarro después de haber devorado mi cubierto... ¿No forma parte de mis necesidades esto que alguien considerará como supérfluo? ¿Voy á resolver yo solo, y con esta triste peseta cuya pérdida me ocasionaría una gran tristeza, el problema de este ser que trata de perturbar mi digestión con el espectáculo de su miseria? Todos estos pequeños razonamientos que me hice, mientras me alejaba de aquel sitio, camino del estanco, acallaron los latidos de mi corazón, de este pobre corazoncito mío que se está ya cayendo á fuerza de uso... Y encendí mi cigarro y lo chupé con fuerza y aspiré con delicia el humo, que lancé á los espacios á bocanadas. Y me sentí feliz y satisfecho de mí mismo. Pero más tarde pensé que podía haberme fumado un peninsular, para colaborar en un momento de la ajena felicidad. Y pensé también en esas marcas que me están vedadas, en los Cazadores, en los Tacos, en los Perfectos, en los Predilectos, en los Emperadores, en las Coronas, en las Águilas imperiales, equivalentes cada uno de ellos á una noche de albergue, á un dia de pan, á una hora de reposo... ¿Será verdad que la miseria de la mayoría está en los planes de la Providencia, como leí una vez, con la firma de Thiers, en una hoja de calendario... ¿Hice bien ó hice mal en aquel momento? No lo sé, no lo sé. Verdaderamente ignoro si he cometido un crimen. Por si lo cometí, lo he confesado para que me absuelvan las almas piadosas y me ayuden á llevar la enorme carga de los remordimientos las conciencias perturbadas... AxToxio PALOMERO D I I I U J O DE M E D I N A VEIÍ. V