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AS alegres campanas de C o l o n i a despiertan al viajero español con un halago que evoca la patria: el campaneo de la Catedral, del Seminario, de veinte iglesias más, s u e n a á Avila, á Toledo, á I eón la romántica; suena á reinos viejos, á calles silenciosas, aplazas donde nace la hierba, á canónigos graves que van al coro. Es domingo; el viajero, alegre como un pájaro, entra en la Catedral. Entonces está henchida con el canto solemne de! Credo católico; las voces de los niños de coro salmodian el gozoso artículo de la resurrección: Y resucitó al tercer día, segtín las JEscriíuras; y l u e g o Yascejidió á los ciclos! con gOZO sobreagudo, que engendra en el alma una emoción hacíalo alto, perfumada, leve, como nube de incienso. Entre las hojas de cardo y roble queestán enguirnaldando las ojivas, hay una indudable palpitación jugosa; rojos, oros y azules se estremecen en los ventanales heridos por las voces pueriles; la Catedral entera vibra con el coro; y el Oficio, como una melodía, sedesenvuelve lentamente en curvas de río, movientes yondulantes, aún suavizadas por el oro viejo sobre el morado de los ornamentos en este tiempo de penitencia. Luego, el silencio; el pueblo fiel desciende con runrún de abeja las escalinatas, sale á la plaza bañada en sol primaveral; la Catedral se ha quedado sola; en la honda y alta nave se va entrando el silencio; y entonces se oye el rumor de fuera, la ciudad que vive, el viento que se enreda en el encaje de arbotantes, pináculos, torres y cresterías, como el ruido del mar... ¡del mar! Y el viajero solitario se siente dentro deltemplo maravilloso como en una nave, traído y llevado sobre las aguas; sí, en los ventanales se pintan sombras como de vela; mirando á lo alto fijamente, los nervios que se enclavijan en los rosetones como manos cruzadas para la oración, los haces de columnas, los muros que se adivinan frágiles, parecen ondular y mecerse. La ilusión de los ojos lleva al alma dentro la nave mística y allí la enclava en arrogante gesto de buen navegador, firme, ¿sobre la roca? ¿sobre las olas? de todos modos, bien cerca del trajín de las aguas, adivinando espumas que no ve, aspirando bocanadas de un aire nuevo y fresco, de una fragancia abrileña y salina, formando á compás del imaginario vaivén, mientras los labios rezan y las manos se juntan, pensamientos con olas en los que va toda la gaya policromía délos rayos de sol que han pasado por los ventanales y que ahora se destrenzan sobre las piedras grises. G. MARTÍNEZ SIERRA