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CKCIIvIJL N una de esas novelas que resucitan con mayor ó menor verdad las costumbres del Imperio romano, aparece un tipo delicadísimo, el de una muchacha hermosa, de garrida presencia y continente honesto, á quien unos transeúntes detienen en la calle para preguntarla cómo se llama. -Me llamo Cecilia- -contesta; y al asombrarse los curiosos de aquel nombre, revelador de un linaje ilustrísimo, la joven explica humildemente que la dicen así porque es ciega, porque es cieguecita, Ceca, Cecüia, y por los renglones del libro pasa una ráfaga de compasión ante la infeliz niña, hermosa y ciega. Cecilia revive en Madrid. Apoyada en la verja que encierra uno de los palacios más hermosos de la calle de Alcalá, la ciega se está todo el día. Por delante de ella desfilan las gentes elegantes que callejean por la mañana, con su indecisa deambulación de personas sobradas de tiempo; ante- ella también pasan las pompas momentáneas t? y ruidosas de los reyes viajeros, circulan los automóviles mugidores, corren cascabeleando las amplias jardineras que van á los toros. Pero ninguno de estos espectáculos interesa su rostro, inmóvil como el de una estatua. Cecilia es hermosa, alta, de cuerpo lleno y firme. La ceguera no reventó las niñas, ni revolvió los globos en masas sanguinolentas, ni puso horror alguno en aquella tremenda desgracia. Los ojos de Cecilia son grandes, profundos; sus pupilas azules nadan en medio de un iris aventurinado que aplica sobre la blancura del 7; globo su mancha, estriada de ánreas vetas. Un reposo perenne, infinito, fluye de aquellos ojos en raudahperpetuo. Los ojos de Cecilia deben á su desgracia el no conocer los aspectos míseros del mundo. Tal vez por esto estén tan serenos. Seguramente deben contemplar espectáculos maravillosos, inauditos, lugares de ensueño donde, en llanuras blancas como la nieve, nacen flores de luz, revuelan aves de fuego al son rítmico de dulces flautas. La expresión absorta, desinteresada de su rostro, lo dice así. La vida interior, intensísima en los ciegos, debe revestirse en Cecilia de aspectos extraordinarios. Su aire candoroso, inocente, que desentona con la apariencia chulesca de su atavío, dice que el alma de la cieguecita vive en los bosques mágicos donde hay castillos con princesas dormidas y lagunas con enanos profetas Los angeles y las hadas deben pasar raudos como cometas en la negrura de su eterna noche, y fijamente, ante su alma atenta y maravillada, los gnomos han mostrado los tesoros de sus escondrijos Por eso Cecilia no parece percatarse del tumulto exterior, y por eso también su rostro no ha adquirido la triste expresión codiciosa y chasqueada con que las caras de otros mendigos se revisten al choque de la indiferencia de las gentes. Cecilia no pide, no se plañe con interminables quejas obsesionantes. Nada hace por que el mundo se ocupe de ella. Su actitud habitual lo dice claramente. Se aisla, se refugia en el hueco de la puerta, contra los hierros del palacio. Su cuerpo robusto, de curvas poderosas y firmes, se junta con la verja; la cabeza retrocede hasta tocar la áspera superficie; sólo las manos, las pobres manos implorantes, avanzan hacia los hombres, les muestran periódicos, décimos de lotería, juguetillos baratos. Son las únicas que imploran piedad, que surgen ante los transeúntes, que recogen la limosna escasa, no atraída por gimoteos ni sonsacada con chistes. Aquellas manos, manos fuertes, anchas, manos que pudieron trabajar á no ser manos de ciega, se tienden hacia el mundo con un movimiento resignado al que la serena expresión del rostro quita toda eficacia. Las manos no están en su negocio, no lo comprenden ni lo comprenderán nunca. Por su g u. sto se recogerían junto al pecho, se cobijarían enti e las rodillas, y ociosas, sin demandar socorro alguno, spcr -r Ti el volar de las visiones que pueblan el cerebro de Cecilia, con la esperanza de que, tal vez, -f ncierto, podrían apresar por las alas alguno de los espíritus que pasan luminosos por A e de los ojos muertos. oíos e MAURICIO LÓPEZ ROBERTS J, TO DE P A I B E R T!