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en la expresión de serenidad, de recogimiento algo sombrío. Viendo vagar á las dos mujeres por las lomas cenicientas, á la luz del crepúsculo, la vecindad arrabalera redondeaba y perfilaba la leyenda misteriosa con retoques de vigor más trágico, ó con matices de poesía taciturna y melancólica. La existencia solitaria de doña Rosa y su hija; la esquivez en el trato, que sin dar en lo altivo, era de gravedad algo huraña; el tozudo apartamiento de la vida ciudadana, que sin duda por refinado cálculo rehuían, confinándose á los límites rú. sticos y callados del Canalillo; hasta el mismo aderezo de sus personas, tan rebelde á la vulgar usanza, tan sobrio y tan tocado de extranjería, y sobre todo, su casa, aquella casa cuyos umbrales nadie traspuso, mansión aduendada, de la que sólo llegó á saberse que cada estancia era un verjel de palmeras, de rosales, de begonias, de redodondros, y que entre la rica floresta colgaban jaulas doradas con exótico averío de brillante plumaje ó de sonoro canto; aquella casa impenetrable á las curiosas miradas, secreto recinto del que nunca pudo atisbarse la vida íntima, enardeció más las imaginaciones populares, y todo fué acicate que estimuló la picotería zizañera de los maldicientes. Porque ávidos de penetrar en el misterio de aquella existencia, los vecinos del apartado barrio rnordían voraces, con dentelladas de calumnia. Doña Rosa y su hija dejaron de pasear por los altozanos soleados, fronteros de la sierra azul; la vieja bailarina y su hija, la joven de rostro pálido, de cuerpo ahilado, no pasaban al caer la tarde por los caminos traveseros de las hazas, ni subían las lomas de los cerrajones, ni descansaban sentándose en los hitos de los bivios, ó en las ribas de las sementeras, frente á la escarlatada raya del ocaso, en la paz del crepúsculo. Aquello fué suceso extraordinario que los vecinos comentaban con las más arbitrarias explicaciones, aguzado el huroneo para dar con el resquicio siquiera de una conjetura luminosa. Fisgoneo perdido; la casa permaneció con su ventanaje cerrado, silenciosa, secreta, rodeada de misterio, de cuchicheos murmuradores, y de husma rastrera Una mañana, al alborear el día, que era, como de estío madrileño, calimoso y fundente, la casa de Rosita apareció con. todas sus ventanas de par en par abiertas, con el aspecto triste de casa abandonada. Los vecinos mañaneros se acercaron á ella; registraron ansiosos: nada, nadie. Las estancias vacías ya, sin plantas, sin jaulas y sin muebles, tenían la trüsteza de una soledad inesperada. La luz del sol, deslumbradora, penetraba á raudales por las anchas aberturas para hacer mas patente y más sombrío el abandono. Los vecinos se interrogaban los unos á los otros, sin palabras, con miradas de espanto. Los pájaros de las riberas del Canalillo entraban piando por las ventanas abiertas; acaso en el suelo de las estancias quedó grano esparcido; ello es que los pájaros entraban y salían con revoloteos en la casa vacía, como si buscasen dentro á las moradoras que habían huido, sin saber cuándo ni adonde, para no volver nunca. FRANCISCO ACEBAL D I B U J O S DE M É N D E Z I3 RINGA