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ERRANTES P O R EL MUNDO ODAS las vecinas del barrio arrabalero que eslabona el caserío cortesano con el caserío rús J tico del Canalillo, conocen á una señora alta, grave, que al caer las tardes del verano, y en las horas de sol en el invierno, pasa con su hija por los senderos que comienzan á ser calles, ó por las calles que aún no dejaron de parecer senderos campesinos. Todas la conocen, todas saben que se llama doña Rosa; pero ninguna, al hablar con ella, la nombra de tan ceremoniosa manera; la llaman Rosita, porque ella quiere conservar siempre este diminutivo de un tiempo lejano. Rosita sólo conservad diminutivo; todo lo demás, su belleza su d o n a i r e su rumbo... todo se ha borrado; ella misma ayudó al tiempo en su labor d e s t r u c t o r a ella m i s m a desvaneció su pasado e n la lejanía del misterio y entre las nieblas del olvido. Pero, al fin, en el barriosesupo todo, porque todo se sabe; el mismo misterio espoleó á los curiosos; el misterio es el más peligroso escondite de las vidas pasadas: incita y atrae. Se supo que doña Rosa, en sus años abrileños, había sido bailarina. Tal vez, de cierto no se supo más que esto; tal vez ni aun esto se supo de un modo que no dejase lugar á duda. No importa; sobre la base movediza de la duda levanta sus creaciones la fantasía. No sé por qué, la fantasía en moradores de barrios arrabaleros es rica y alborotada. Para los moradores de las riberas del Canalillo, doña Rosa había sido heroína de las más extraordinarias a v e n turas, de las más dramáticas novelas; en su vivir pasado olfatearon rastros de dramas, huellas trágicas, historias de amor, de pasión y de v e n g a n z a episodios turbulentos y escenas escandalosas, m á g i c a leyenda de l i v i a n d a des en cuya trama se enredaban n o m b r e s sonoros: un poeta, un príncipe, un Creso... osita, ajena al murmurio, iba todas las tardes con su hija, grave, silenciosa, por í os caminos polvorientos; subía á las lomas que dominan la cordillera del Guadarrama, y las dos mujeres juntas, lentamente, vagaban por las sendas traveseras, respirando el frescor crepuscular en el verano á la caricia del tibio sol en el invierno. Ignoraba Rosita la aureola romancesca en que sus convecinos la habían envuelto; para ella, el pasado no existía, no hubiera querido que existiese; sólo con que su memoria rozase los recuerdos de aquel tiempo, estremecíase de horror, y si tenía delante á su hija, cerraba los ojos, medrosa de que el fondo de sus pupilas azules transparentase liviandades, como el légamo cenagoso se transparenta en las aguas quietas de los lagos. Al volver á abrirlos, balbucía frases dolorosas, extrañas supersticiones, temores vagos, peligros que acechan y rondan, sin saber dónde ni cuándo. listas palabras de recelo medroso salían susurrantes como eco lejano de una voz agorera, y su hija las oía, pávida, aterrada, creyente de todos aquellos tristes presagios. La hija de la bailarina era una muchacha de dieciocho años, alta, esbelta, ahilada, y, sin duda, la hermosura de su rostro era trasunto de la beldad ya marchita de su madre. Aquellos dos rostros parecían uno solo, visto en dos edades de la vida; tan grande era la semejanza en los nobles rasgos y