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AS criadas forman en nuestra vida una de las más queridas ilusiones. ¿Quién no recuerda á María, á Isabel ó á Remedios, aquella linda muchacha de ojos azules, traviesa, ligera, que cuando éramos niños traveseaba con nosotros? ¿No vemos al surgir su figura en nosotros un jardín, una glorieta de pueblo, con evónimus llenos de polvo, con unos faroles puestos en postes de madera un poco inclinados por los furiosos vendavales del invierno? ¿Ko vemos nuestro cuarto, nuestra cama, nuestro lavabo, nuestro pupitre donde teníamos un cuaderno de calcomanías, unos grabados recortados de los periódicos y unos libros con las puntas redondas, gastadas? ¿Y no sentimos risas alegres, alocadas, que salen á borbotones de unos labios rojos, en tanto que la cabeza, nureolada de revueltos cabellos dorados, se echa hacia atrás? ¿Y no volvemos á experimentar, á tantos años de distancia, la sensación de una mano que aprieta nuestra mano de adolescente y de un cutis tibio y sedoso? No hablemos de esto: la tristeza- -una suave tristeza- -viene á nuestro espíritu. Más tarde, en la vida, hemos caminado por el mundo; otras figuras de otras muchachas ligeras y agradables han venido á unirse á ésta que hizo nacer en nuestra niñez las primeras ilusiones; tal vez llegamos un día cansados de la vida cortesana á una pequeña y vieja ciudad de provincia; es por la noche; nos hemos acostado en la j) az profunda del pueblo; á la mañana siguiente abrimos el balcón; hemos dormido con un sueño no interrumpido; comenzamos á sentir en este reposo provinciano una dulce y profunda alegría del espíritu; el sol ilumina la calle; el cielo está radiante de azul. Y en el balcón de enfrente (mientras un vendedor lanza su grito ó un viejo velonero hace resonar la calle con su tintineo sonoro) vemos una linda muchacha con los brazos medio desnudos, encendida, que canta y que tal vez limpia unos cristales. Sentimos en un instante la armonía entre la hora matinal, la luz, el silencio de la vieja ciudad, el azul del cielo y la alegría instintiva de esta muchacha, y ya este minuto grato no se borrará nunca de nuestro espíritu. Y luego á través de los años otras y otras muchachas cjue encontramos en los paradores de los pueblos, en las fondas, en las casas provincianas, en los campos, van poniendo en nuestra vida momentos fugitivos de alegría y de satisfacción. Y esta condición de niomentaneidad, de cosa pasajera, de cosa imprevista y que no buscábamos es precisamente lo que hace que en nuestra alma quede de estos minutos un recuerdo más dulce, más enternecedor que el de aqaellas otras horas más preparadas, más largas, más buscadas y nás ansiadas. Un inmortal español, Miguefde Cervantes, tenía una gran simpatía por estas mucnachas; él había caminado mucho, había frecuentado mucho los mesones, hostales y ventas, y sabía lo que vale la alegría fugaz. ¿Cómo no recordar que á tina de sus más interesantes figuras femeninas la hizo criada en un mesón? Aludimos á la Ilustre Fregona. Y h. 3. y en esta misma novela otra criada, que no aparece e n e l curso del relato, que el autor nombra por incidencia, pero que despierta en nosotros un vivo interés. Esta criada se llama Marinilla; vive en la venta Tejada; dos arrieros que van á Toledo hablan de la ihistre fregona, y para ponderar SU hermosura uno de ellos le dice al otro que es tan linda, que en comparación suya, Marinilla la de la venta Tejada es un asco Y no sabemos más. ¿Cómo era esta Marinill ¿Qué hacía en esta venta solitaria, perdida en la triste llanura manchega? ¿Cantaba mucho? ¿Cantaba estas tonadillas breves, ya alegres, ya tristes, que ahora cuando algún erudito nos las can- ta no nos entusiasman? ¿Subía triscando las escaleras? ¿Reía súbita y misteriosamente? No sabemos nada. Todo se pierde; todo decae; lá tradición de las lindas criadas se acaba en la vieja tierra española. Cuando el gran poeta Garcilaso fué á Francia, le escribió una epístola á su amigo Boscan, j -en ella le decía que sólo había encontrado allí vinos acedos, camareras feas Garcilaso era también un entusiasta de las criadas bonitas, y al ir á un país extranjero lo primero que hizo fué reparar en ellas. Todo lo cambia el tiempo; entonces las de España valían más que las de Francia; hoy- -que no se vea en esto antipatriotismo- -están más en alza las francesas... AZORIN DIBUJO DE ARIJA