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LOS PUEBLOS MUERTOS v- ERCA de las capitales de provincia ó de las grandes villas industriales hay pequeños pueblecilios pintorescos, enclavados en rientes paisajes y, sin embarg- o, tristes, solitarios, á pesar de su enarenada pla ¿a, que será de Alfonso el Sabio ó de la Constitución; á pesar de su gran fuente, que mana claras aguas; á pesar de su Casa Consistorial de fachada rojiza, que ostentará altiva su campanudo reloj. Si llegáis á uno de estos pueblos y sois poetas, no fijéis vuestra atención en observar si las casas son pobres ó lujosas, ó si la calle tal ó la carretera cuál están ó no limpias y bien afirmadas; fijaos en los mil detalles insignificantes y dulces, en las mil impresiones que él ofrece á vuestra vista. Quizá entonces os entre lentamente una tristeza indefinible: es la tristeza de los pequeños pueblos muertos. Veréis, como podéis ver en todas las grandes poblaciones, al guardia municipal que pasea su descolorido uniforme con andares tardíos y perezosos; sólo que aquí ese guardia llevará en la mano una delgada vara de fresno con la que irá golpeando el suelo, haciendo saltar los guijos, los papelillos. Veréis desocupados, cubiertos de hoja seca, los verdes bancos de algún alejado paseo. Veréis los juguetones y desarrapados chicueloS de todas partes triscar contentos en alegres pandillas. Veréis pequeñas y blancas casitas de aldea, boticas y confiterías obscuras de ennegrecidos rótulos y exiguos escaparates. Veréis los somnolientos mastines dormitando debajo de cualquier desuncido carro. I O veréis todo tranquilo, sereno, silencioso. Cada media hora sonará el retumbante reloj del Ayuntamiento, y sus campanadas quedarán vibrando algún tiempo sobre el pueblo. Es posible que ante vosotros pase algún amable señor de hongo anticuado que empuñará un paraguas, una sombrilla ó un bastón: puede ser el médico, el alcalde, el registrador, cualquiera de esos humildes y discretos personajes que pasan plácidamente la vida rodeados de sus familias. Acaso alguna garrida moza rubia, cántaro de agua en la cabeza, arremangada de brazo, os mirará extraña al pasar, y la veréis alejarse despacio, oscilando rítmicamente sus caderas. Veréis, por fin, carreteros, chicuelos, labradores, arrugadas viejecillas, sonrosados viejos temblones; pero no veréis á ninguna muchacha del pueblo. Y en el pueblo hay muchachas deliciosas, rubias y morenas, de pensativos ojos azules ó provocadoras pupilas negras. Pero esas muchachas están dentro de las blancas casas alineadas en la carretera ó de las rodeadas por tupidos iardines y rojas cercas de ladrillo. Penetrad en una de esas casas. Entraréis en una encerada y obscura sala; allí veréis inmensos sofas, cubiertos sus asientos con bordados rodetes; veréis ocráceos retratos de algún afable caballero ó de alguna bonachona señora; veréis los balcones de pequeñísimos cristales, las paredes enjalbegadas, y en un ángulo al majestuoso piano, envanecido con su carga de figurillas, estampas, piezas de música, pantallas de papel. En esa habitación leerá, coserá ó pensará una ó unas de esas deliciosas é incógnitas muchachas del pueblo que vosotros no visteis por sus calles. Vestirá modesta: blanco, rosa ó azul corpino y falda obscura. Veréis su cara algo pálida, de belleza interesante y tranquila, esa belleza que dan unos ojos tristes y penetrantes.