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L- as mujeres que ordinariamente atisban á través de cortinas y celosías, abren los balcones y muestran sus pálidas bellezas. El pueblo, en cuyos trajes dominan las notas negras y grises, bulle y rebulle por las estrechas calles y se apiña en dos filas apretadas contra los pedrosos muros. A la caída de la tarde, cuando el sol comienza á trasmontar los cerros y alivia y templa su claridad vivísima, la procesión, como arroyo de luz, comienza á deslizarse lentamente entre las altas casas, cuyos salientes aleros, casi tocándose unos á otros, parece que se cuentan en voz baja añejas tradiciones de los pasados siglos. En tanto, las imágenes, que no son artísticas ni bellas, pero que expresan hondamente el matiz de su trágica ternura, avanzan en hombros de los fieles, con paso trabajoso y lento, entre la multitud que las circunda, en aquella granada de viviendas, todas ellas tan identificadas y tan penetradas del solemne sabor de aquella fiesta; que allí conviven en una palpitación unánime el aire y el suelo, los hombres y las piedras. La emoción tradicional alcanza su intensidad máxima cuando aparece entre nubes de incienso la imagen yacente de Jesús, con la faz cadavérica, el negro cabello caído sobre los hombros y el cuerpo inundado de sangre; pero una vez que el espíritu llega á esa extrema tensión y en ella se detiene un breve instante, la elasticidad del alma popular busca la reacción del sentimiento, y apenas es pasada la triste ceremonia, se agita con nuevo brío la multitud abigarrada, el amor brilla en los ojos juveniles, la alegría en los rostros, el pueblo de Madrid y el de Toledo se desgranan en f i t y: ti í i r í 5 LA SANTA CRUZ pullas y en donaires, la bota de vino aparece de nuevo entre las manos, y cantando y bromeando y riendo, vuelven los madrileños camino de la estación, frente á la hermosa vega toledana. Estos rudos contrastes del carácter nacional no dicen nada en contra de sus sentimientos religiosos; son flores de su alma, franca expresión de la naturaleza indígena. También la fiesta religiosa ofrece esos contrastes en la procesión de Jueves Santo; junto a l a imagen conmovedora de Jesús crucificado, tras la Dolorosa, que lleva el pecho cruzado de espadas como símbolo de los mayores sentimientos de que es susceptible el corazón humano, aparece un fiaso d e cartón- piedra, donde la figura de Judas, que á fuerza de ser horrible llega á los límites de lo grotesco, se balancea oprimiendo una mugrienta bolsa de tela en la mano, y arranca sonrisas y chistes á los fieles, cuyo espíritu voltea, con ligereza felina, desde la contemplación patética, reco gida y silenciosa, á la carcajada franca y al chiste soez y desgarrado. Por eso los ecos que produce la multitud en aquellas resonantes calles tienen más vida y más brío que en las grandes ciudades, donde la fonética de la muchedumbre se diluye en una nota profusa y uniforme; allí parece que está la masa popular encerrada en largos tornavoces, en retorcidas bocinas, donde se distingue el más leve resuello del espíritu y donde la emoción parece que toma formas acústicas. Antes de que la procesión sea visible entre las bruscas revueltas de las estrechas calles, se dilata un murmullo que la precede, tan