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EL DESCENDIMIENTO OTOIvKDO 0 NSÉRVASI 3 en Toledo, como enniíiguaa otrapoblacicSu española, el espíritu tradicional de nuestra raza. Allí circunda el Tajo, entre un dédalo de añosas piedras, el panteón del alma nacional. El Alcázar, como el cerebro del poblado, se yergue en la cumbre, y la Catedral, como el corazón, se oculta en el seno de la masa viva. En los días de Semana Santa el pueblo de Madrid acude ansioso á Toledo como el hijo adulto que vuelve á la vieja casa de sus padres; invade la muchedumbre la cuesta de las Armas, Zocodover, la plaza de la Catedral y hormiguea por las abruptas encrucijadas de aquellas calles donde se filtra el sol en espadas temblorosas de luz. La multitud allí no busca la magnificencia de un espectáculo ni el ornato de una fiesta religiosa, come V A Vf o acontece en Sevilla, en Murcia y en Valencia, porque la procesión del Viernes Santo en Toledo es sencilla, vulgar, modesta. Alh acude el pueblo á olfatear el pasado, á revivir la historia, á contemplar el espíritu religioso en el ambiente que le es propio, á respirar el hálito de las generaciones muertas que con alientos trágicos le inundan v le hablan. El pueblo español es patético, como ha dicho Ganivet refiriéndose á E. spaña: En el país mas alegre del mundo, viven los hombres más tristes de la tierra. El canto andaluz, que es el más popular entre nosotros, vibra con tristes lamentos y brota en la garganta salpicado de lágrimas. Ea Religión Católica encierra un perfil trágico que expresa fidelísimamente la condición moral de un pueblo que ha luchado ochocientos años por sustentarla. Ese perfil enérgico de la más trágica ceremonia religiosa, esa representación simbólica del sublime drama del Calvario, no encuentra medio ambiente más adecuado á su naturaleza que el que le ofrece la vetu. sta y dramática Toledo. El pueblo de Madrid lo presiente, su propio instinto se lo dice á voces, y acude presuroso ílacntdaii de la energía, como la llama Mauricio Barres, á ver cómo serpea entre las duras circunvoluciones de aquel cerebro de piedra el hilo brillante y sangriento que simboliza la muerte de Jesús. El día de Viernes Santo, las calles de Toledo, con la aglomeración de gente, parecen más estrechas, como si la ciudad frunciera el ceño y comprimiera, presa de emoción, las viejas arrugas de su faz. En la majestuosa torre de la Catedral permanecen mudas las campanas, mientras la gran carraca hace sentir los cascados ecos de su lastimoso tableteo. Las calles se enraman con oloroso césped y romero.