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¡A ellos, que veían en los fasos algo que pertenecía á su familia y que se habían afanado por adornarlos con enormes ramas de laurel, de olivo, con romeros 3- naranjas, quererlos privar del gusto inefable de conducirlos á costa de copiosos sudores... Era un incalificable abuso y no podían dejar de protestar, A las postreras luces del crepúsculo, la procesión, después de recorrer un largo trayecto por calles estrecha. s y mal empedradas, aboca á la plaza del Justicia, en cuyo fondo se alzan dos grandes edificios: la señorial mansióri de los condes de Sobradiel y la churrigueresca iglesia de San Caj etano, en cuya fachada acumuló el mal gusto del arquitecto una balumba de adornos y de figuras que anonada el espíritu del que la contempla. La irregular plazoleta se halla atestada de curiosos, y en el espacio se cierne un desacorde y confuso rumor, en el que al ruido de los gritos se agregan el martilleo de la matraca de la torre, el golpe de las lanzas de la guardia pretoriana, el rítmico andar de los penitentes, el estridente son de los clarines de caoallería y e; sordo murmullo de la salmodia eclesiástica, que impregnada de mortal tristeza infunde en el aima un vago desasosiego. La procesión franquea la puerta del lemplo, y aquel mareniágnuní de gente del pueblo se precipita por las estrechas calles que ¿c- ocmoocan en la plaza, en busca del necesario sustento. Las molestias sufridas han sido enormes; pero bien las merece la belleza del espectáculo presenciado. FO l tí. E OE I- E I K J. BALMLS