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OBi ACiÓN amante de sus tradiciones, al par que animada por un espíritu ampliamente progresivo, Zaragoza, la antigua metrópoli aragonesa, ofrece durante la Semana Santa, y muy en particular desde el Jueves al Domingo de Pascua, un aspecto en extremo interesante. La población rural, esclava del terruño, da de mano estos días á sus rústicas faenas, y engalanada con sus mejores arreos, afluj e á Zaragoza á explaj ar el ánimo, contemplando la magnificencia de la ciudad y el tráfago de sus moradores, que contrasta con el sencillo vivir de los pueblos y con la envidiable paz de los campos. Desde las primeras horas del Viernes Santo, al rumor de las numerosas fábricas que Zaragoza ha construido e; i pocos años, al rodar de los vehículos y á las desacordes voces de los vendedores, sucede el monótono zumbido de una abigarrada muchedumbre de labradores y labradoras que, luciendo el traje típico aragonés, corren de ceca en meca, admirando IOS: monumentos, visitando la Santa Capilla del Pilar y haciendo una serie interminable de encargos recibidos de todos los conocidos del pueblo. I or la tarde, esa población errabunda se aposta en las principales calles que ha de recorrer la procesión del Santo Entierro, y, ora en pie, ora sentados al borde de las aceras del Coso, de la Albardería y de la calle de San Gil, esperan pacientemente, hora tras hora, sin curarse de la fatiga que los atormenta, del sol que en esta época del año suele abrasar con sus rayos, ni de los empujones, apreturas y molestias de que son voluntarias víctimas. Plan ido á la capital á disfrutar de las fiestas y han de salirse con su empeño, pese á quien pesare, aunque el orbe entero se hiciese añicos sobre sus cabezas. Llega el momento anhelado. A lo lejos se divisa la guardia municipal de caballería abriendo paso á la procesión. En pos de ella se alzan la Cruz, velada por morada gasa, y el emblema d é l a muerte: un esqueleto apoyado en una guadaña y hollando tiaras, coronas y demás símbolos de las efímeras grandezas de este mundo. Después, y entre largas filas de terceroles ó penitentes de rizada capucha, comienzan á desfilar personajes bíblicos, Abraham é Isaac, Aarón, Juan el Bautista, varias figuras simbólicas y una serie numerosa ÍL pasos en que han sido representadas las principales escenas de la Pasión de Cristo.