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P E N I T E N T E S CON EL E S T A N D A R T E IMPERIAt, ROMANO eKYiXvXvJs. EviLLA tiene fama de ser la ciudad de la alegría; yo he vivido allí: he contemplado los acirates en que arraig- an los heliotropos, los jazmineros y los rosales de aromas embriagadores; he gozado del poético misterio de las noches sevillanas, y he vao- ado solo á la hora de la siesta por esas calles largas y estrechas, por las cuales nadie transita, y en que línicamente se oye sonar el eco triste de unos pasos graves que amedrentan, hasta que el transeúnte se percata de que son sus propios pasos... Y nunca, á ninguna hora, en ningún tiempo me pareció Sevilla alegre. Hablaba yo un día con un poeta sevillano, muerto hace algunos años, de la Semana Santa de Sevilla. Todos habéis leído los poemas en prosa de este poeta en uno de los periódicos más populares de España. Era Adolfo Luna. Mi amigo me interrogó así: -Si ha vivido usted allá, respóndame: ¿Sevilla es triste ó alegre? -A mí- -contesté- -me ha parecido siempre Sevilla una ciudad envuelta en poética melancolía. ¿Verdad que sí? -interrumpió Luna. -Tenemos la misma opinión, y yo añadí: -Podrá suceder que me engañe en mi apreciación, pero opino que Sevilla no puede ser alegre. Alegres son los pueblos jóvenes, los niños á la edad en que juegan y gozan inconscientes, pero no los pueblos que llevan en su memoria muchos recuerdos, las generaciones seleccionadas. Un hombre experimentado se hace escéptico ó marrullero; un pueblo que ha vivido mucho, se aristocratiza, aspira á ser siempre dueño de si mismo, á conseguir la sabia ecuanimidad del espíritu. ¿Cómo podrá nunca ser alegre nn pueblo eii que el sentimiento religioso sea tan acendrado como lo es en Sevilla; un pueblo que necesita para el sosiego de su espíritu arrojar cada año fuera de sí esa explosión de arte que resplandece en las procesiones de Semana Santa? El lujo, el fausto de esas procesiones no provienen únicamente ael dinero que para mantenerlas se gasta allí. Hay algo en aquellos festejos religiosos á lo cual nosotros no concedemos importancia, y que es lo que acuden á disfrutar los extranjeros desde los países más remotos. Ese algo es un caudal de aguas espirituales donde vienen á bañarse de idealidad los hombres de los pueblos prosaicas.