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El gobernador, el alcalde 3 los concejales caminan distraídos; saludando en los frecuentes altos á las personas de su conocimiento que desde los balcones les hacen seña con las manos. Por fin, la procesión vuelve á la iglesia de donde salió. Las autoridades se despiden rápidamente; los sacerdotes, los portaestandartes y mangas parroquiales se dispersan en todas direcciones; la tropa vuelve ásu cuarteles, y los espectadores, encaminándosetodos hacíala Puerta del Sol, forman una avalancha humana que nadie sería osado á M CTÍISTO KN LA COLITUNA. LA DOLOROSA contrarrestar. Y otra vez se organiza el paseo por la Carrera de San Jerónimo y calle de Sevilla, más melancólico que el día anterior, con dejos de aburrimiento, con secretas impaciencias por acabar el ceremonioso festejo callejero, repetido ya con monótona laxitud... Y así llega la noche, que transcurre en velada larga y desmaj- ada en una ciudad cuya vida ordinaria, rota un punto y quebrada por virtudes de tradición, se reanudará al otro día, apenas el sol asome por Oriente y el tintineo de las campanillitas áureas, quedan la señal para descorrer el velo de los altares, resuene gozoso en los ámbitos de la iglesia, mientras la voz grave de los cantores proclama el perpetuo desengaño: ¡liesítrrexíí! ¡Non cst hic! FOTS. SENJO L U I S PARÍS