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dose, lentos y mezclados unos con los otros, gozando de la dicha de mirar y ser mirados de cerca con miradas ardientes, confundidos y revueltos, c o m o en l a Danza de la Muerte pintada por Holbein, en donde van de la mano, en espiral infinita, conducidos por el esqueleto que los guía Papas, emperadores, r e i n a s m a g nates, soldados, niños y mujeres... y así toda la tarde, hasta que la gran carraca, con sus estridencias de tableteo horrísono, resuena en las tinieblas de la iglesia silenciosa. ¡Las tinieblas! Símbolo tremendo y doloroso en donde MAJIGAS Y CIRIALES más barroca imaginería popular. Allí lucen las buenas mozas de los barrios bajos sus airosos pañolones de Manila con chinos, flores y pájaros de vivos colores, y allí la guapeza y el rumbo plebeyo se explayan á sus anchas, hasta bien entrada la mañana, en que la moderna calle de la Princesa recobra su aspecto habitual. Por la tarde, sale de San Ginés la procesión del Santo Entierro, con su interminable cortejo de clerecía y cofrades de todas las Congregaciones d e Madrid e n sendas filas tortuosas y desiguales q u e pasean tristemente el oro viej o de sus estandartes deslucidos por el sol, mientras los aíM