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mos y vetusteces más ó menos artísticas. El sol refulge radiante sobre los altos cielos; oleadas, de gente van y vienen con tardo andar que cruje sobre las enarenadas calles del centro de la villa, convertido en paseo. En vez del estrepitoso rodar de carros y de coches, cuya circulación está prohibida, un enorme zumbido resuena creciente. Es la hora de la carrera. L o s o j o s d e las mujeres parpadean y brillan; los labios carminosos y htimedos sonríen, abriéndose como los claveles que adornan pechos Avapiés y Maravillas, llaman a gritos á sus cortejos, que aprietan, corren y se empujan entre el piropeo común y el chiste procaz. T) e cuando en cuando, un pelotón de soldados sin armas, marcando el paso, que resuena monótono sobre las piedras, cruza á rezar también las Estaciones. De Palacio, de los Oficios solemnes vuelven proceres y g r a n d e s señoras con uniformes bordados d e oro y trajes de corte. Ea gente se cruza en todas direcciones j- se estrecha, confundiéndose los hálitos perfum a d o s y aristocráticos con los vahos de olor agrio de la canalla. Todos van despacio, codeán- LOS BUÑOLEROS