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í x- ri f DOMINGO 1 K RAMOfi cuERUCAni. S unos contra otros, guareciéndose bajo la portalada de 1: 5 ifrlesia, pasaron la noche del sábado al domingo los vendedores de palmas, hasta que al rayar el alba, mientras el sacristán abre perezoso los portones van colocando las blancas palmas erguidas é hieráticas como un sobrepuesto ornamento arquitectónico que el viento riza, á lo largo del nurro, sostenidas per una cuerda. Apenas es de día, y ya comienza el trajin afanoso de los mercaderes que, con largo é insistente pregón, anuncian á voz en cuello plantas de todas clases, flores de estufa, palmas lisas y rizadas, ramas de romero silvestre, naranjas y limones... Las cercanías de la iglesia se han convertido en público mercado. Así empieza en Madrid la Semana grande, la Semana Santa, con sus tres jornadas mundanas de fiesta religiosa y fiesta callejera. Y así llega la hora de la Misa mayor del domingo de Ramos, Misa solemne, procesional y artística, en donde las pompas triunfales de la Iglesia celebran la entrada del Cristo en Jerusalén, y las alegrías de la mañana, cuyo airecillo tibio perfuma los efluvios montañeses del oloroso romero, y los suaves aromas de las violetas, saludan alborozadas la explosión cromática de rosas y claveles que anuncia la primavera. Misa de vistoso rito y de poético misticismo, verdadero prólogo de la conmemoración anual que la Iglesia Católica celebra del tremendo drama del Calvario. Aquel es el día del año en que los fieles acuden en mayor t ¿úmero á la Misa mayor, durante la cual se verifica la bendición de los ramos entre nubes de incienso y oleadas de armonía que el viejo órgano lanza regocijado. Aquel es el día en que los niños acuden al templo ansiosos de coger con sus manecitas sonrosadas la blanca palma que formará, prendida entre los hierros de su balcón, el símbolo purísimo de sus ilusiones, gráciles como la palma, como ella enderezadas á lo alto. Aquel es el día en que la pobre viejecíta que poco á poco vio morir á todos los suyos, que arrastra su vida miserable sin amparo y sin esperanzas, cogerá con sus manos trémulas la rama de romero bendito que perfumará su camastro en la hora del descanso perpetuo. Aquel es el día en que la virgencita palpitante de emoción podrá besar á hurtadillas las rosas tempranas, menos encendidas que sus mejillas, quería ofreciera al entrar en el templo la galana fineza del mancebo fuerte que por primera vez la habló de amores... Pero la ceremonia termina y poco á poco va quedando desierto el templo, solitarios sus alrededores, y al llegar la tarde, sólo en el borde de las aceras los anchos cestones llenos de verde hojarasca,