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IvA LE ErSTOA ROTA j AS recuas acaí rcabsin íüsliaces desde las rastrojeras; las espíí- ador. -is rccnrn: i l -iliojas, flr ni! c v. Ai lio rjnt dalma innch: is hacinas rie doratías míeles. Era por Sati J u a n Voi lUjos y veredas Ü c: ib! illi. T ¡as cabeceaban llevando sobre los ionios angarillones cari; adiis üe avillas lc Irij ií. La trilla ÍIV la cebada coucluía. S jhre las eras los rapaces, a r m a d o s de lálijtío, jjijiaban HyeraH y e g u a s VQ rnrríini arrastrando el trillo de cucliillas cortantes, y al anochecer, sí salía el viento solano, l o s g a íiancSn con horcones d e cuatro dienie- J, hechos d e liviana m a d e r a de boj, aventahaii la parva. Fué nn. 1 sicstii silenciosa como 1 Q noche más callada; amparados d e la lu solar por el sombr- ijo, Kw g a n a p a n e s doniiían sobre las enjalmas y atiareíos d e las bestias. V islas maneadas, h u n d í a n los belfos h ú m e d o s enlTC ÍÍ paja. Cejjaba el solU n a voz i r a c u n d a rompió s ú b i l J m e n l e el silencio; al escuchar aí nel desacorde sonido, los h o m b r e s se removieron y aliaron la cabeza lijs brutos. Mcrenguilo el aperador diri iüse hacia el que gritaba y le habló con mucho miedo, porque Colfis, el hortelano habíase, t i e m p o hacía, alzado con el cetro del valor en l a comarca, y su g u a p e z a imponía los más bravos. -Llbiyo lo que quiero y nS má. Que sarga aquí c r ladrón ese. q u e voy á j a s e l e líríya pa er fntraiiuc del Regislraor. A ver, ¿quién habéis sío de ustede el Í UC no m ha dejao mora pinta en mi moral de la jnenie? ¿Quién de ustede habcií sío el que la nochcsUa d e San J u a n me robó la m, ita de iarbansoB? Y ¿quién fué el que m ha robao el íirma de la Antonia? í or una causaliá, ¿ha sío tú, Mercnguíto? l Ú en aquí, q u e t t quiero jasé u n a carisia, a r m a mía, Mientras Culái chillaba coiuo un cnergrúmcno. un mozo se alzó d e entre unos ropones sosegadamente. Bien mostraba el hombre que no tenía miedo, porque acerCilindo, c al zaque con mucha parsimonia, ecbó hacia atrás l a cabezat v luego d e m i r a r á lo alto como obra de dos minutos corridos. lej a a d o p a s a r por t i g a n a t c catorce ó m i s tragos de ¡ígwn. mientras la nuez svibía y bajaba con movimientos de lanzadera, s t pasó el dorso de l a m a n o por lúa labios y fuese derecho ú Colás. A la vista del mo ¿o aquel, q u e llevaba unos cal oues azules y cubría el pecho -iííoroso con u n a camiseta, el hortelano s e quedó sin resuelU y los gaíianes í u í r o n s c acercando á Colas, menos Mcren i t o que apovado en u n o dt- los puntales del sombrajo permanecía quieto y quedo. -Bonita siesta mos a d a o Colasiyo. Tre noche base q u e no duermo na. -Pero Rafaí- -dijo Coldí, EÍ yo me b u b i á e n t e r a o de que t ú estabas a juí, no chivo- -Ko, si tié rasón p a chiyá, uome: tres COSJIS t an robao v tó ha sío obra de l a mcsma prcsona; el curasón d e u u a mují. los garbansos verde y las mora pinta. o te voy á desí quien b a sío. MiraRafael cNtendió ios brazos y exhibid sus m a n o s ante l a vista de Colíís. Este miró las manos tenidas del zumo de las moras, apretó los puños, pero no dijo palabra. I.o s espectadores de la escena sonreían con risita zumbona. Colas dio un repullo y media vuelta y arrancó a a n d a r á g r a n d e s zancadas, rezongando contusas amenazas. Sobre el paíiobllo verde q n c el hortelano llevaba reliado al cuello, caían de su cabeza j reilnda gotas de s u d o r el h u r a c á n d e la ira del muchacho agostaba. Los g a n a p a n e s volvieron á fins ranchos. E n tres días. Colas había perdido su leyenda de su valor. Uel cielo bajaba á torrentes la luz para alumbrar la impotente rabia dci mucnncho. Después de Waterlóo, l a noche cubrió piadosa el despecho de los vencidos, V i R C i u o COLCIHÍRO