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j a r d i n e s abandonados la tristeza de toda obra de arte caída, que se lamenta con voz de ley e n d a la naturaleza virgen trabajando incansable por socavar la obra del hombre, emI ajando bajo tierra para sacar las flores de dentro, al mismo tiempo que mata las pobres flores forasteras y que tiene en secreto los refinamientos sutiles enlazados por mano de artista, hace mirar con simpática compasión la destrucción lenta que. borra las ilusiones de otro tiempo, desvanece toda u n a cadena de esperanzas entierra sueños perdidos, convirtiendo en cementerio lo que fué cuna de amores y palio de corazones dichosos. ¡No dejemos solos, soñadores de la tierra, los jardines abandonados! Id á ellos antes que se borren los últimos recuerdos que en ellos anidan, antes que los árboles se mueran y las glorietas se hundan, antes de que se caigan los mármoles y la hiedra oculte las piedras, antes que los pájaros hu 5 an y las aves nocturnas entren. Id á ellos mientras queden en pie los cipreses y los bojes arringlerados; mientras puedan leerse los nombres grabados en parejas sobre los troncos de los árboles; mientras sean ruinas vivas y oasis de poesía. Id á ellos, que vuestro corazón gozará el lirismo de las líneas grandiosas escritas con pinceladas solemnes, sentirá el aroma marchito y tibio con vaguedades decadentes de esencias amortecidas, recibirá el consuelo y el reposo de la obra ya aterciopelada por la dulzura del tiempo y el sigilo de su nobleza, y la honda impresión que inspira la soledad délos pasajes que cuentan su v i e j a historia con estrofas de vetusta poesía. Id á menudo á ellos para sentirla, soñadores de la tierra; id á aquel museo hecho de esencia de paisaje; vayamos todos á rezar por la belleza enterrada en SI- propio cemenLerio. S- NTIAGO RUSIÑOL FOTS. V. M. SIERU 4