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LOS JARDINES ABANDONADOS I, entrar en un Jardín abandonado, el aroma de ruinas que se respira, de frescura marchita, Cj jl de flor deshojada, de hiedra y de arrayanes, hacen gozar al espíritu la esencia de una obra de arte envejecida y poetizada. D e aquellas plantas nacidas de noble savia, que crecen con el buen gusto que les legó su pasado, trepando por las ramas y cayendo con deleitosa indolencia; de las paredes de cipreses que se desgreñan en mechones de musgo CvSpeso; de las flores que se deshojan, lloviendo en colores enfermos y sembrando la tierra de hojas, se desprende un perfume de voluptuosidad perdida, de seda despintada, de savia amortecida por el viento del abandono. De las fuentes sin agua con el césped seco; de las amplias escalinatas con las losas movidas por el empuje de la hierba que crece entre las junturas de los balaustres rotos; de las blancas estatuas de mármol doradas por la pátina del sol y sombreadas por los besos fríos de la luna, destila la añoranza de la riqueza que huyó y la gran melancolía de la grandeza derrumbada. De los senderos alfombrados de margaritas silvestres, de los zarzales de fuera que miran por encima de la tapia, de las pobres hojas secas acurrucadas de frío sobre el estanque sin agua, caen tiernas lágrimas. De los sátiros caídos, de los hierros dislocados, de las losas hechas trizas, de la tierra que se hincha y de los árboles que se desbordan, queda un recuerdo de nobleza, de pátina severa, de suprema distinción: la distinción de la obra de arte madura qxie lleva el sentimiento de una hermosa agonía y el recuerdo de venturas huidas. Aquellos senderos desiertos, casi borrados por el moho, sintieron el pasar de pies discretos y pueriles, saltando, como ahora los pajares, por entre las hojas muertas; aquellas escalinatas teñidas por la sombra del olvido, fueron ayer acariciadas por el roce de la seda; las balaustradas de mármol, llorosas con la pátina de las nubes, fueron bruñidas por manos de nácar que se deslizaron indolentes y fríamente cariñosas; los estanques -apagados, donde se miraban las flores y se deslizaban los cisnes haciendo grandes círculos de plata sobre el cristal del agua, reflejaron siluetas vaporosas encuadradas por la amplia verdura del fondo; las estatuas de piedra eran amigas rivales de las estatuas vivas, compitiendo con ellas en hermosura; ios bancos arrinconados en el misterio de la sombra sintieron el estrem ecimiento de piomesas dulcísimas rezadas al oído; las glorietas de mirto y balsámico ciprés, desmayadas hoy y antes espesas y sombrías como nidos verdes de enamorados, ocultaron secretoseutre los brazos de sus ramas, sintieron rumor de besos y escucharon juramentos que hacían brotar capullos y deshojarse las rosas; las plantas, hoy deshechas, sentían el cariño del cuidado; las flores, ahora marchitas, el amor de la mirada, y todo recibía el rescoldo de una vida oculta. Ese contacto amoroso que palpita en el fondo de aquellas vivientes rumas; el rastro de granciezci muerta entre los árboles que se renuevan; el aii e que corre entre soledades que hablan, acaso da á los