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1. V Vis- i C E; iv IWÍ; E: IÍIDIGO S una pequeña estación; uno de esos apeaderos insignificantes edificados entre dos túneles. Cae la tarde: por el azul claro del espacio resbalan nubéculas grises, cirros otoñales manchados de ópalo y de carmín; el sol bruñe las crestas de los altos montes sembrados de pinares; un aguilucho, suspendido en la ininensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata. Grandes sombras descienden lentamente sobre el valle. La verdina cubre el tejadillo de la minúscula estación, rodeada de eucaliptos, entre cuyas hojas lanceoladas los vientos cuchichean; una moza, vestida con refajo de amarilla bayeta y ceñido el busto por un pañuelo rojo anudado detrás, á la altura de los ríñones, saca agua de un pozo; sus antebrazos desnudos suben y bajan rítmicamente á lo largo de la cuerda; el agrio gemir de la polea rompe la callada quietud. En unos carriles laterales hay dos ó tres vagones inútiles: son luchadores vencidos, eslabones dispersos de antiguos trenes, comparsas dóciles de viejas locomotoras apagadas que ya no caminan. Sus paredes, renegridas por la intemperie y el humo, irradian melancolía penetrante; sus almas vagabundas no volverán á sentir el vértigo de los horizontes que se acercan; las hierbas enlazadas á sus ruedas recuerdan las ligaduras con que el reúma sujeta las piernas de los paralíticos. En el andén hay un ciego con una guitarra al hombro: es viejo y alto; la costumbre de humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro ciñe su frente; viste remendado traje de pardo paño y cubre con zajones sus muslos cenceños; va descalzo; sus manos, de dedos nudosos y torcidos, parecen desesperadas. Cuando joven, trabajó en el campo; ya viejo, pidió limosna; y hace muchos afíos que está allí dirigiendo á los viajeros un saludo y una oración. El timbre colocado sobre un reloj anuncia la llegada del correo; la pequeña estación se estremece; tiemblan sus cristales; un mugido sordo, el hervor crepitante de algo irresistible que llega, sube de la tierra. El estrépito crece, crece... con furores avendavalados. De pronto, en la órbita tenebrosa de uno de los túneles, aparece una luz; luz roja, siniestra como pupila teñida de sangre. Pronto la locomotora surge lanzando por sus fatigados ijares dos recias columnas de blanco humo; el grito sibilante del vapor llena el espacio; los frenos agarrotan las ruedas, los vagones crujen, sus topes se entrechocan furiosos; el tren se detiene. Entonces el mendigo requiere su guitarra, escupe, yergue la cabeza y canta, dando un adiós afectuoso á los que pasan. Su voz vibra con cadencias conmovedoras en el silencio del pequeño andén, donde nunca hay viajeros. Muchas ventanillas se abren y en ellas aparecen rostros pálidos, perfiles cansados. El mendigo camina á lo largo del tren dirigiendo hacia toda aquella humanidad errante sus ojos sin luz. Una limosna por amor de Dios -repite. Y luego: Que sean ustedes muy dichosos... Algunas monedas caen á sus pies. Siempre emociona la oración del desconocido que de improviso nos sale al paso agitando un pañuelo. Viéndole los turistas, se acuerdan de la última mano que estrecharon y de los brazos queridos que les esperan; y sus almas conciben vagamente la noción de que la buena voluntad de un mendigo acaso coadyuve á salvarles de algún mal tropiezo. Frecuentemente una limosna es una cobardía. Por eso muchos son compasivos, por miedo; es uno de tantos casos en que el humano egoísmo tiene el blando gesto de la caridad. El tren se marcha; todas las ventanillas se han cerrado; el mendigo permanece un momento en medio del andén, inmóvil, cual perdido en la noche de su ceguera. Hora es ya de volver al hogar donde los nietos aguardan: entonces cruza la estación, y apoyándose en su báculo se dirige al pueblo. Va contento. Si las líneas de ferrocarril son una corriente de riqueza, aquel camino parece un brazo: es el brazo implorante que la aldea miserable extiende, como pidiendo limosna á los trenes que pasan. DIBUJO DE REGIDOR EDUAKDO Z A M A C O I S