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r ió, ya aleccionado, donde se encontraba gritando y maldiciendo el gitano, y en alta voz dice: ¡El número 25! Al oir el gitano su número se pone en pie de un salto y entra en el gabinete, donde, con cara sonriente, le espera D. Pantaleón. ¡Ma tenío u. sté cerca de una hora en un grito! -Bueno, pues ya va usted á dejar de sufrir. ¡Vamos á ver! Siéntese usted en el sillón. ¡Por Dios, no me vaya usté á jasé mucho daño! -No voj- más que á ver cuál es la dañada. Abra usted la boca. Más, más- ¡Si no pueo abrirla más! -Está bien así. ¡Ya la veo! ¡Caramba; ¡Que no me vaj- a á dolé! -Si acaso le parece á usted, la podemos exsin ÉL DENTISTA Y EL GITANO tra- r ¡Eso! dolor. y cueste lo que cueste. -Sin doló Al oir esto, D. Pantaleón sufre casi un desva iAscARRii i,o ANTIGUO) necimiento de placer. -Está bien; entonces le va á costar á usted 1 Mjiy jrtÁs de un mes llevaba D. Pantaleón, el den quince pesetitas; pero saldrá usted satisfecho. ¡Manque fueran mil! tista de la calle de Toledo, sin hacer una sola operación dentaria. Su estómago iba refle- -Es que el pago es adelantado. l ando ya tal carencia de trabajo. -Ahí van los tres duros. Los aparatos y utensilios disminuían que era D. Pantaleón se guarda sus sesenta reales y un desencanto. empieza á dar vueltas por la habitación buscanTodo era desolación en el gabinete odontoló- do algo. Coge por último un frasco vacío, y sin que lo advierta el gitano lo llena de agua. gico de la calle de Toledo. La mujer del dentista le echaba en cara al po- ¡Ya tenemos aquí la panacea! bre que era un flojo, un galvana, un hombre sin- ¿De modo que con eso no me dolerá? iniciativas; y el pobre D. Pantaleón no sabía- -Absolutamente nada. oponer á tales ultrajes más que calladas pero El dentista echa unas gotas del frasco en la contundentes razones; porque éralo que él decía: nerramienta, poniendo sumo cuidado en tan im- á falta de pan, buenas son tortas. portante operación. El gitano mira aquello con Un día, en cuya mañana hubo no escasa ra- ojos incrédulos. ción, por ambas partes beligerantes, de las suso- ¡Abra usted bien la boca! dichas tortas, un fuerte campanillazo vino á po- ¡Que no me duela! ner un paréntesis á la reyerta. ¡Abra usted la boca! ¿Será algún cliente? -exclamó D. Pantaleón. Mete el dentista en la boca el hierro, y empieza- ¡Como no sea... -y la mujer, sin terminar, se el martirio más atroz de cristiano alguno. D. Panfué á sus quehaceres. taleón, agarrado con la mano izquierda á los tuEn el antegabinete penetra un gitano bien fos del gitano y haciendo esfuerzos sobrehumaportado, fuerte, de colosal estatura, con patillas nos para extraerle el hueso; el gitano, sudando tinta y retorciéndose de dolor. bocachas y dando unos alaridos que aturdían. -A la paz de Dios- -dijo la víctiina, llevándose Más de dos minutos duró la cruentísima opeambos manos, de un grandor extraordinario, á ración, hasta que por un último y potente esfuerun lado de su boca. zo salió la muela 3 un trozo de quijada del gi- -Buenos días, caballero. ¿Qué bueno le trae tano. por esta su casa? Este quedó casi por unos momentos sin cono- ¿Bueno, señó? ¡Malo y mu malo es lo aue me cimiento en el sillón; por fin fué reanimándose y trae! ¡Ay... tomando buchadas de agua, hasta que pudo- ¡Vamos! Es alguna muela picada, ¿no es eso? hablar. -Una tal por cuál muela que me lleva una se- ¡Josú! iJosú! ¡Josu! mana en un grito. ¡Ay... -Ya estará usted contento. -Está muy bien; pues espérese usted un mo- ¡La mar! mento que termine con otros pacientes. Y le hacei- ¿Ha visto que no le na üolido? entrega de un papel con el número 25. ¡Naíta! Ese agua es milagrosa. ¡Por Dios, uo tarde usté! ¡Ay... E s t o no es agua, es un cloruro. -Descuide, que en un periquete concluyo con; ¿Un cloruro os veinte ó treinta que ahí tengo. -Sí, señor. El gitano se quedó gritando y pensando en l a- ¡Hombre, voy á ver este cloruro! suerte que había tenido con haber topado con Coge el frasco y se echa un chorreón en la m dentista tan acreditado. mano derecha. D. Pantaleón corrió á dar la buena nueva á su- ¿Para qué hace usted eso? mujer y á medio organizar los cuatro trastos que- -Pa proba su efecto. en el desmantelado gabinete le quedaban. Decir esto y soltarle al dentista la mayor bofeE, l único gato para extirpar muelas que, según tada del mundo, fué todo uno. él, le restaba de su arsenal, no parecía ni vivo ni ¡Ay! ¡ay! muerto. Por último, lo encontró la muier dentro- ¿Seño, por que se queja usté? del caldo de una ensaladera. ¡Asesino! -exclama el dentista. ¡Vamos, que no le habrá dolió á usté tanto! Una toalla con sus correspondientes rotos y- ¿Cómo que no? zurcidos fué mal secada á fuerza de planchas; y una vez que ya estaba preparado todo lo mejor- ¡Claro! ¿No ve usté que se la he dao coa que se pudo, el hijo mayor de D. Pantaleón apa- oiornro K. DE SANTA ANAi; D I B U J O H E RO- TAS