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de la iiiadre vieja que quedaría en desamparo... Mientras, los malhechores avanzaban seguros con su presa... De improviso moderaron su marcha, bajando de lado una pendiente; parecían sortear estrecho y peligroso vericueto, y el ambiente se hacía húmedo como en la proximidad de las cavernas. Ramis, intrigado, observó que lo depositaban sobre un banco granítico, sujetándole con correas á sendas argollas... En torno á la linterna se sentaron luego los tres hombres, hablando despacio en un lenguaje ignoto sin inflexiones europeas... ¿Qué dirán en esa jerga. -se preguntaba Jorge; pero el hombre gris pronunció con voz pausada y en francés estas amenazadoras palabras: -Preparad la hoguera y el hoyo; en la cueva hay caja de autopsias; -é inclinándose sobre el prisionero abrió sus ropas con singular destreza y dejó desnudo el tronco. Jorge Ramis, desencajado, lívido, sintió erizarse sus cabellos; con los ojos dilatados de espanto, castañeteando los dientes y anegados en sudor frío los miembros, tuvo terrible lucidez y una asombrosa clarividencia del suplicio que le preparaban. Iba á ser nuevo holocausto de la inhumana curiosidad de la ciencia su pobre cuerpo, teatro de cruel experimento, que á otros daría fama y fortuna; y ese crimen, mayor mil veces que el dé asesinos vulgares, quedaría impune... ¡Suplicio... hoguera que borrase huellas criminales... y luego una fosa que ocultara para siempre su desventura... El infame sacrificador extendía ya sus manos sobre el pecho de Jorge, y un golpe de escalpelo le arrancó espantoso grito. Sin piedad le laceraban los tejidos, separaban tegumentos, y seccionando sus arterias, buscaban en el camino de las entrañas y á la luz de la hoguera que crepitaba; el infeliz Ramis vio por última vez el maquiavélico rostro del hombre gris que hundía su mirada aquilina en las visceras palpitantes de un moribun do. Cuando el madrileño volvió en si, estaba sentado en el mismo vagón que á su salida de la corte; humedecía el sudor sus ropas y sentía inusitada lexitud. Había amanecido y el misterioso viajero iba engolfado en la lectura de una revista inglesa. Los cultivados campos del Isorte y sus brumosas montañas se devanaban con melancolía de paisaje invernal; Ramis pasó la mano por su frente, murmurando: ¡Cosa más rara... El hombre gris sonrió apenas, pareció titubear, y poniéndose en pie, se descubrió muy solemne, diciendo en su pintoresco españoh- -Caballero, debo bajar en la estación inmediata, pero no sin dar á usted una satisfacción... y nombrarme. Soy Erik Bonoghan... ¿Ea celebridad yanqui? -El mismo, que conociendo á usted, ha ti atado de recomendarse á su benevolencia, haciéndole objeto de un experimento. -i... ¿Debo entender que me ha hipnotizado usted esta noche... testó Ramis furibundo. -Sí, señor; y que rara vez hallé más resistencia. Eo insólito y cómico del caso calman á Jorge, encuentra delicioso el tipo, v como es curioso de la vida y de gran sentido práctico, depone su ira y tiende la mano sin rencor. -Míster Donoghan, ¿cuáles serían sus condiciones de usted para tres noches? -Diez mil francos y los viajes pagados. Paró el tren. El sugestionador famoso bajó de prisa, y mientras, Ramis le gritó; ¡Cuento con usted en Marzo! El hombre gris saluda cortésmente, diciendo con gravedad profesional: -K o faltaré, señor empresario... ¡Et pardon... DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA COJS DESA D E L CASTEEEA