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HJué desfile de enfermos tristes, siniestros, repugnantes... Y continuaba dando detalles de raras y terribles dolencias, de crueldades inhumanas llevadas sio- ilosamente a cabo al amparo de la tiránica ciencia... Cansado al fin de esa vida, á los veinticinco años pisó tierra americana, recorriéndola en busca de dinero y aventuras; conocía el Asia también, y naturalizado en Filadelfia, hoy volvía de su pueblo natal, donde nadie reconoció al que emigrara treinta años antes. Entretanto Ramis, sin poder atajar aquel flujo de palabras, se decía ¿n ment Este hombre habla como el que conoce á su interlocutor ó quiere ser conocido... Sin embargo, todo en él es sospechoso hasta la eiegancia chillona, las manos espatuladas y flexibles como las de un prestidigitador, y, sobre todo... los escrutadores ojos de ave de rapiña... -Y apoyándose al respaldo del vagón, tocó disimuladamente su pecho. La cartera estaba allí; el revólver en la maleta... mejor sería bajarla... y en caso preciso... Seguía el convoy su marcha cohética; en las negruras de la noche y arrastrando por éÍ süélo, esbózaoase un tren fantástico, donde se movían confusas siluetas en cambiantes penumbras... Avanzábala hora. El misterioso personaje seguía fumando, con la vista fija en su lacónico compañero; espiaba sus menores movimientos, le detallaba, le hacía sufrir el más cruel de los exámenes y mudos interrogatorios... y en aquella velada siniestra, Jorge Ramis, despreocupado y valiente de suyo, sintió un miedo inexplicable. Ignoraba lo que temía. La idea de hallarse ante un ladrón de alto vuelo, no justificaba su terror; el vislumbrar su probable asesinato, tampoco; más de una vez vio expuesta su vida sin sentir tal cobardía... Además iba armado, podía cambiar de coche, tocar el timbre de alarma en últirno caso... Era su sensación pavorosa generadora de ideas lúgubres y confusas, no acertando á explicarse los horrores que presentía. Entorpecidos sus miembros, se enfriaban sus extremidades; defendióse de temblar apretando los puños, mientras con sorda cólera clavaba la vista en los temibles ojos de su adversario, cada vez más fijos, más diabólicos, más inquietadores... ¡Era preciso concluir! ¡Antes que morir... mataría él... Con rara adivinación, el hombre gris se puso en pié de pronto; inclinóse sobre Ramis, que quiso levantarse; pero dos manos férreas sujetaron las suyas, apretando sus pulgares los pulgares espatulados del agresor. Como por fuerza invisible, abrióse la portezuela sin ruido y el madrileño se sintió precipitado á la vía sm que pudiese evitarlo. Un aullido estridente turbó la calma de la nocüe; el tren desaparecía rápido en una curva, y Joro- e resolvió morir defendiéndose como un tigre. De un saltó colgóse del cuello del bandido, clavándole las uñas, mordiéndole desesperadamente, cuando le atenazaron cuatro brazos hercúleos, haciéndole soltar su presa, y en la obscuridad se sintió maltratado y amordazado como un malhechor. -E n marcha- -dijo el hombre gris, -y sacando una linterna sorda echó á andar por delante; detrás de él Jorge era llevado como un fardo entre los que le secuestraron, y en silencio, sin más acompañamiento que el gimoteo del aire glacial, fueron devorando leguas por caminos que la noche hacía invisibles. Transcurrían los minutos como horas, las horas como siglos... Ramis, aunque aturdido por la caída y la agresión, se daba cuenta del tiempo. ¿Adonde me llevan? -se decia. ¡Si amaneciese al me- í nos! He sido víctima de un secuestro que m i arrebata caudal y vida, víctima de mi propia temeridad é indecisión. Si aclarase el horizonte sabría morir con entereza... Las tinieblas me intunaen pavor desmedido é imao- ino mil m- ertes todas horribles... Y el desdichado se despidió mentalmente üe su vida alegre, de sus amores fáciles, de los amigos.