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KI K O I V I B R E OT 5.I S oR primera vez en su vida Jorge Ramis tuvo miedo! Un miedo inexplicable, que lii o presa en sus energías, siendo en vano que razonase ¿i) acerca de sus temores... embrionarios, pues nada era concreto en aquel malestar desconocido. J E S posible- -se preguntaba el mozo- -que yo flaquee á la undécima hora como hembra neurótica que husmea peligros imaginarios... 0 seré víctima de pasajera flaqueza que dé al traste con mi sangre fría habitual... Y mientras el tren con resoplidos de fiera sacudía la árida llanura castellana, la luz incierta del vagón manchaba de sombra liviana el rostro del viajero que compartía con Ramis el coche de primera. Era un hombre muy alto, huesudo y esbelto, de nariz aguilena, pelo negrísimo y bigote á la borgoñona; su rebuscada elegancia, el irreprochable gabán gris, las lucientes botas de charol con botines grises también, como el blando sombrero inclinado sobre la oreja, regocijaron á la gente de buen tono que en la estación despidiera al novel empresario, augurándole fortuna. Jorg- e Ramis, casi arruinado, había traído á Madrid afamada compañía japonesa, ganando una suma redonda en pocas noches, y alentado por el éxito, se disponía á buscar en el extranjero otras notabilidades escénicas, seguro de enriquecerse pronto, dada su habilidad y conocimiento del público madrileño. Del proyecto hablaron los amigos en voz alta, y era indudable que el individuo del gabán prestaba oído á la conversación en sus idas y venidas por el andén; á pesar de su aspecto extranjero, podía entender castellano, y nada más natural que hacerse cargo de que la cartera de un empresario no está vacía en vísperas de contrata. Cuando Jorge cerraba la portezuela, casi al arrancar el tren, había escalado el vagón con ligereza simiesca el exótico personaje, y desde entonces su obsequiosa deferencia j rendida cortesía no hicieron sino acrecentar las sospechas de su compañero de viaje... A la media hora de hallarse juntos le había ofrecido cigarros, cognac, periódicos, preguntándole si le molestaba esto... ó si permitía aquello. ¡Había que resignarse! y aceptando de mala gana el oloroso habano con que insistía (j! aquel desconocido, Ramis se dispuso á soportar su charla, observándole con detención. En un español pintoresco, plagado de exotismos, el del gabán gris; con los ojos dominadores fijos en su interlocutor, proseguía su relación imperturbable. Sí, él era español, ¿á qué negarlo? Aunque subdito americano, enorgullecíase de Iiaber nacido en un rincón de Galicia; casi niño, pasó á Portugal al servicio de un estudiante rico que recorría clínicas europeas, y fué interno en la Salpetriére de Pa. rís. Recordó aquellos años de vida ocupadísima y austera; la medicina le atraía con sus arcanos misteriosos, la cirugía con sus precisiones matemáticas; viendo su afición el doctor portugués, le permitía alternar con los enfermeros, ayudar á l o s practicantes, y pudo presenciar operaciones soberbias llevadas á cabo por eminencias del arte medical. Pero su ídolo era el gran Charcot, ei neurópata insigne que exponía sus doctrinas con autoridad de pontífice de la ciencia, en la sala severa donde congregaba á los internos para conferenciar. De las altas ventanas caía la luz fría y gris del invierno parisiense, y ante el sabio desfilaban las siluetas atormentadas de las grandes histéricas, alucinadas y epilépticas; unas placenteras con el belfo estúpido, otras retorciéndose en atroces convulsiones, mientras Charcot, sereno como un Dios, las palpaba, señalando á los circunstantes las contracciones sucesivas, sus causas y efectos... ó haciéndolas pasar del aniquilamiento pasivo á la lucidez del sueño hipnótico, mostraba la portentosa variedad de fenómenos que provoca la sugestión magnética ó conduce á estados de profunda catalepsia. ¡Ah, señor mío! -añadía el desconocido interesando á Ramis á pesar suyo; -he visto tanto sobre este punto... que no acabaría de contar...