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Í 3 EMETRI 0 O EL DISPENSADOR DE LA SUERTE AY personas que nacen teniendo marcado su derrotero en la vida, y sólo así se explican algunas inauditas elevaciones y mudanzas. Demetrio nació para coadj uvar al cumplimiento de muchos destinos humanos, y desde que la penuria de los suyos le echó á la calle á los cinco años escasos, ha estado supliendo las faltas de la fortuna, enmendando los errores del azar. Demetrio se ha pasado la vida ayudando la suerte de los demás. Su independencia, su travesura, los innumeréibles arbitrios y recursos de su talento golfesco (porque Demetrio es golfo por la misma poderosa razón que los pájaros son pájaros) han servido á la casualidad mil veces. Da fortuna le lia tomado de lazarillo, y él, guiándola con su sucia mano de pilluelo, la ha señalado caminos, sendas, atajos, para que cumpliese su misión; ha impedido á menudo que se descarriase y que, en su torpeza de deidad inválida, llevase á unos cuanto se debía á otros. Cuando Demetrio era un niño, su ingenio, su media lengua graciosas hicieron que las señoritas elegantes y los xuancebos distinguidos le tomasen por correveidile, por mensajero capaz de adormecer los recelos de ayas y de madres, susceptible por su propia pequenez de disimularse, en caso de apuro, detrás de una sombrilla abierta ó de un enorme pericón valenciano. Aquella época fué gloriosa para Demef rio. Das muchachas más encopetadas le llamab? ai por su nombre, le compraban golosinas, le daban puñados de perros grandes y chicos, monedillas plateadas, juguetes viejos y trajes en desuso. Dos mozalbetes le convidaban á vermoutli bajo los toldos de Recoletos, le ofrecían cigarros, invitábanle á Apolo, a l a Zarzuela, á los teatros por horas, en cuj os palcos asomaba Demetrio su carilla astuta, vivaz, de tez pálida, pecosa, y ojos inquietísimos que bailaban bajo la maraña rubia de una cabellera virgen de peine Su vida reglamentábase por la de sus aristocráticos anngos. Se dormía á las tantas, pues después de la cuarta función, aún rodaba por 3 üadrid de café en colmado, de taberna en restaurant. A mediodía asomaba por las calles céntricas, por los paseos, escurriéndose éntrelos paseantes distinguidos que en tales instantes deambulan bajo los árboles de la Castellana, y después, al atardecer, aparecía en el Retiro, pasando entre los coches, junto á las ruedas, por bajo de las lucientes panzas de lo. caballos. En aquellas horas Demetrio era como abeja diligente. Iba y venía de un carruaje á otro portador de recados, de adveitencias, de quejas. Señe rito Manolo, dice la señorita María que vaj a usted e. sta noche á casa de Doña Isidra. Seño rita Clara: de parte del señorito Juan, que no puede ir al teatro, que mañana la escribirá. Y así en redaba de coche en coche la red de amor, de donde habían de nacer las vidas futuras, los placeres, los sufrimientos, las glorias y las miserias de las generaciones del porvenir. Ayudaba á la suerte. Mas el tiempo sañudo le ha arrebatado la indispensable menudez de todo buen mediador, le ha hecho perder su ligereza de silfo, de duende entremetido. Demetrio se ha hecho visibiC en demasía, está gordo, alto, ha trocado en mañas de hombre sus graciosas intuiciones de chiquillo, y todo esto le impide lievar y traer dulces mensajes. I ero como no se iba á morir de hambre, ha buscado otra industria, y siguiendo su vocación, se ha puesto á vender billetes de lotería. Bajo este nuevo aspecto, máscara distinta de un mismo rostro, pasea por Madrid, y cuando ve alguno de los que él, con sus pobres menos raquíticas de golfillo, ayudó á casar, obediente á su sino, le ofrece undécimo, diciéndole afectuoso: Señorito, tómeme usted el 2 45o, que le v, a á caer. De doy á usted la suerte... DIBU. IO DE S. T O u 0 UA. VRICIO DOPEZ RÜBERTS