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le hicieron sospechoso en los primeros momentos. Y añadió que, como prueba, tenia una botella de vino con la marca del ventorro del camino donde la compró al pasar, y la nota de otra compra de géneros que hizo en la feria. Además, la gente de la iglesia sabía que el campanero no había dado aquella mañana los toques de la misa mayor porque estaba ausente en la feria de Pedrosa de Arriba. A pesar de todo, la opinión seguía creyendo que no era otro el matador, aunque hubiera tenido que matar desde media: legua lejos y enviando la muerte por debajo de la tierra. Tal y tanta era la tenacidad de la voz pública. Los feriantes que volvían á Pedrosa, de Abajo sí extrañaron aquella brevedad del viaje. L, os que salieron, por ejemplo, á las cinco de la tarde, llegaron á las cinco y cuarto, andando la media legua en quince minutos, á pesar de venir muy despacio y con paradas, por la mucha carga que traían de objetos á los hombros y de vino en el estómago. Indudablemente la alegría nos ha acortado el camino dijeron ellos, y no volvieron á pensar en el caso. Por el contrario, los vecinos de Abajo qne iban Arriba en los días siguientes, reparaban con sorpresa que el camino se alargaba mucho, no obstante la, priesa y el buen andar. El caso extraño, repetido diariamente, llegó á preocupar al vecindario de ambos lugares, y la superstición villana hasta se dio á pensar en hechicerías y embrujamientos. Y Dios sabe adonde habrían llegado las cosas si un lugareño avispado, andando reloj en mano, no advirtiera y divulgara la diferencia de las horas cotejándolas. Y entonces el juez, no menos avispado que el lugareño, cayó en la cuenta de que Antonio pudo matar á las nueve y media de un reloj y estar distante á las nueve y cuarto del otro reloj. Y así acabó la coartada del matador. Pero quien la dispuso con tanto estudio y tal paciencia, ¿cómo no supo rematarla volviendo las horas á su punto? ¡Fenómenos de la psicología de los delincuentes! El crimen pesó más que el cerebro del criminal y lo deprimió. Cada vez que alguien iba al pueblo vecino ó venía de él, Antonio temía que le hubiese sorprendido en la maniobra de falsificar las horas. Cada vez que oía las campanadas del reloj, se le representaba la complicidad de aquella máquina, que podía hablar un día con su lengua de metal. Y como habitaba en la misma torre, oyendo siempre la campana que parecía golpearle en la cabeza, el delincuente no dormía. Y por el insomnio constante le sobrevino una exaltación nerviosa que acabó por abatirle la energía y obs- curecerle la memoria. Y lo peor de los desmemoriados es que intenten forzar el recuerdo, porque entonces lo dislocan. Y eso aconteció al campanero Recordaba confusamente su delito como si lo viese entre niebla, y muchas veces hasta imaginaba que lo había soñado en una pesadilla. Así fué como Antonio se olvidó de restablecer las horas en los relojes. Así fué como tuvo vacilaciones y p a u s a s y contradicciones s o s p e c h o s a s cuando se le preguntó dónde estuvo el día y hora del crimen y cuáles pruebas tenía de su ausencia. Y así fué como, después de pensarlo mucho para concentrar las ideas, contestó que poseía p r u e b a s g u a r d a d a s sin saber dónde. Y así fué como, apretando la m e m o r i a pudo al cabo decir dónde estaban escondidas la botella y la nota de las cuáles se previno en la feria. El juez, con asistencia del acusado, se constituyó en los lugares designados. ¿Qué se encontró bajo el nido de la cigüeña y en el hueco de un capitel carcomido de la capilla mayor? El cuchillo ensangrentado con que Antonio mató y el fajo de billetes que robó á L, nciano. El desmemoriado equivocó los escondites, y todo quedó descubierto. ¿Fué obra de la Providencia? ¿De la conciencia? ¿Del terror? Quizá. Pero ciertamente es aviso para los criminales. Hasta para ser malvado se necesita la posesión cabal de las potencias intelectuales. E U G E N I O Sl. Ll. D I B U J O S DE M É N D E Z BRINGA-