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n- m 4 í EL CONDENADO POR DESMEMORIADO TiÁL fué la ocasión del homicidio? ¿Fueron los celos? ¿Fué el robo? ¿Fué el arrebato? ¿Fué la defensa propia? Para todo ello había opiniones entre el vecindario, que seguía con interés el proceso y comentaba con espanto el crimen que había conmovido á la comarca. Unos los mujeriegos, que en todo ven la mano femenina, opinaban que Antonio mató á I uciano porque Luciano cortejaba con fortuna a l a mujer de Antonio. Otros, los positivistas, que en todo ven el poder del dinero, decían que lo mató por apoderarse de cierta cantidad. Alo- unos, los amigos de Antonio, sostenían, para esculparle, que mató por iracunaia ae su temperamento nervioso, llegando pocos á añadir que mató por necesidad de defenderse de la iracundia ao- resiva de Luciano, no menor que la del matador. Pero unos y otros, los pocos y los muchos, no discrepaban en afirmar que Antonio mató, aunque no hubiera pruebas en el proceso. Pero no es lo mismo enjuiciar ante la conciencia pública, juzgador por el instinto, que ante un Tribunal de Derecho, juzgador por lo escrito. Aquélla suele ser justa sin saber por qué lo es: éste suele ser injusto á sabiendas de que lo es, pero sin poderlo remediar por trabas de la ley. Y el juez instructor, convencido como el pueblo de la culpabilidad de Antonio, no tenía ni aun indicios de ella. Al contrario, había una prueba definitiva de descargo y defensa: la coartada. Antonio la hal) ía preparado hábilmente antes del asesinato, y así, lo que habría sido agravante de premeditación, se convertía ahora en título de inocencia. Antonio, el campanero de la iglesia de Pedrosa de Abajo, sabía, además de su oficio, el de relojería, y estaba encargado de dar cuerda cada mes al reloj de la torre de Pedrosa y á los relojes de las pobres aldeas vecinas, donde no había quien entendiera de esa mecánica; porque es de advertir que aquellos viejos relojes del siglo xviii necesitaban frecuentemente toques y composturas que les ayudasen á andar las últimas horas de su trabajada vida. Pues es el cuento que Antonio, desde que premeditó su crimen y varios días antes de consumarlo, fué adelantando poco á poco y de cuatro en cuatro. minutos cada amanecer el reloj de Pedrosa y atrasando el de la próxima feligresía de Pedrosa de Arriba. De manera que á los ocho días de maniobra había más de una hora de diferencia entre ambos relojes, sin que lo advirtieran los buenos vecinos, porquelos pocos de ellos que tenían reloj particular, lo arreglaban diariamente á la hora pública de la iglesia. Y así Antonio abrió en el tiempo un hueco donde colocó una hora que á él le oastaoa para cometer el crimen, sin que tal hora resultara ni apareciera en la realidad. Las nueve y media daban en la torre cuando Luciano, acabada la misa mayor, salía de la iglesia, saludándose en su puerta y en la plaza con varias personas del pueblo. Se dirigió á su casa. A las diez llegó á ella la criada en compañía de su madre, á quien visitaba los domingos en aquella hora libre de los quehaceres domésticos. Llamaron muchas veces, sin recibir respuesta del amo, que se hallaba dentro; asustadas, hicieron gente, y forzadas las puertas fué hallado Luciano muerto a puñaladas. Era, pues, seguro que había muerto después de las nueve y media y antes de las diez de la mañana. Y justamente, precisamente, Antonio entraba á las nueve y cuarto en Pedrosa de Arriba, es decir, antes de cometerse el homicidio, y allí permaneció hasta las doce de aquel día, cuando ya era descubierto v público el suceso. Así lo manifestó él, llamado á declarar por ciertos antecedentes que