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Al día siguiente le hice mi primera visita. La fieore había dismiinrído algunas décimas, pero el estado general de la enferma era verdaderamente alarmante. Tampoco pude comprender en este segundo reconocimiento ningún síntoma característico. El mismo infructuoso resultado obtuve en mis visitas segunda y tercera. Y el peligro continuaba siendo inminente. Esto era lo único de que me daba cuenta. Por fin, hace tres días, la abuela, al salir á despedirme, me dijo gimoteando: -Mi nieta se empeña en que no le diga á usté una cosa, señor dotor; pero ya no quiero callármela más, ea, porque me se figura á mí que esa cosa es la que la tié así. Verá usté, señor dotor: mi nieta andaba enamora, pero que por las buenas, no se vaya usté á creer. Va pa un año que hablaba con un chico que nos paecía mu de ley, así es la verdá. pero que nos ha salió más falso que un medio duro felipino... ¡Así le vea yo como yo digo... Usté dispense, señor dotor, pero ya sé lo que me digo, porque verá usté: pa un año iban de novios, cuando el mu arrastrao, d é l a noche á la mañana, como aquel que dice, me deja planta á mi nieta, sin tan siquiera decirla algo, por una que... ¡vamos, señor dotor! ¿pa cuándo están los presidios... No pudo continuar la pobre vieja, sofocada por las lágrimas, pero ya me había dicho bastante. Mis sentimientos eran de sorpresa, principalmente, ante aquel caso clínico, tan nuevo y tan inesperado para mí. Meditando en él estaba cuando de pronto se presentó Carmen, arrebujada en una manta de la cama, temblorosa, centelleante la mirada. -Ha hecho mu mal mi agüela en irle á usté con toas esas romancerías- -exclamó; -pero ya lo sabe usté tó, señor dotor. Sí; ese pillo m ha matao... que Dios le perdone... pero no me merecía yo eso ¡por éstas... Yo no he hecho más que quererle... Nunca le he faltao, ni con el pensar tan siquiera... ¡Por qué m ha hecho eso. Dios... Cayó desvanecida. Entre su abuela y j o la volvimos á acostar. Salí de la casa profundamente impresionado. La última frase, sobre todo, vibraba en mis oídos de un modo extraño: ¡Por qué m ha hecho eso, Dios! Y ya no tengo más que contarte. Carmencilla se muere, la pobre niña, y se muere de amor Al día siguiente de nii conversación con Aiirauda aaü de Madrid para emprender ei veraneo, y, la f: T -r K 5- v i i t. r V í í y, sin saludo previo, exclamó: ¿Sabes la noticia... ¡Estupenda... ¡Un delicioso vaudeville ó una espeluznante tragedia... Tú dirás... ¡Miranda, nuestro gran amigo el doctor, se casa... ¿Que con quién. ¡Con Carmen... ¡Sí, hombre... ¡Con la chulilla que se moría de amor... ¡Con su caso clínico... D I B U J O S DE M É N D E Z BRINfJA intes dos e me s ma 1 mío, ante, L U I S DE TRRÁN