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líN CASO CLÍNICO ABLABA de mujeres y del amor en general con mi entrañable amigo el joven y 3 a famoso dpctor Carlos Miranda. No me cuidaba yo de ocultar mi escepticismo en la materia, amenizado, si así puede decirse, por algunas frases que se me antojaban humorísticas. El doctor me dejaba hablar, mirándome con sus ojos grises y penetrantes y dibujándose en sus labios una singular sonrisa. Por fin me dijo. -Hace ocho días te hubiera hecho el dúo, quiero decir, que pensaba exactamente como tú, Ioy no me es posible. Hoy me veo precisado á declarar que el am or existe; más aún: que todavía -v subrayó el adverbio- -se muere de amor en el mundo. ¿Quieres que te cuente un caso que excluye toda duda en el asunto? -Te lo iba á exigir- -contesté yo riendo, pero con verdadera curiosidad. -Pues oye- -replicó Miranda en tono serio: -tengo actualmente una enferma, una mujer muy joven y muy linda, mejor dicho, una niña, cuya vida se extingue sin remedio y se muere de amor. No ha 5 que discutir sobre el diagnóstico. Y no creas que se trata de ninguna mimada damita, romántica y novelera. Mi enferma es una chulilla de los barrios bajos, con natural despejo, pero sin instrucción áe ninguna especie; apenas sabe leer deletreando. Vive con su abuela, que es la única persona de su familia, en un miserable cuartucho que revela hábitos de aseo en sus moradoras, pero privado de toda otra condición higiénica. Y ahora, para que acabes de conocer á la interesante nena, te diré que se llama Carmen; es pequeñita, de tez quebrada, con una boca muy linda que destroza desapiadadamente, pero con mucha gracia, el léxico, y unos ojazos muy negros, muy expresivos y muy hermosos. Ks el tipo modelo de la chulilla madrileña. Vino á verme, hará una semana aproximadamente, acompañada por su abuela, á mi consulta de pobres. Aprecié desde luego en ella una fiebre muy alta; pero ni llegué á percibir en aquel primer examen síntoma alguno de enfermedad aguda definida, ni mi interrogatorio logró ponerme en la pista de ningún padecimiento crónico. De todos modos, como la fiebre no admitía dilaciones, prescribí lo que me pareció más adecuado, y después, en vista de las circunstanciéis de la enferma, aconsejé su ingreso en el Hospital. Al oír esto, se echó á llorar la vieja y relampaguearon los ojos de la niña. -Miuste, señor dotor- -dijo la última: -Ya sé qu estoy mu malita, pero como tampoco he de dar ya mucho qu hacer, me moriré en mi casa. ¡Por la Virgen de la Paloma! ¡Yo no quiero ir al I- Iespital! ¡Qu has de ir tú, mi prenda! -exclamó la abuel- a entre sollozos. Me sentí realmente conmovido, aunqiie ya voy habituándome á semejantes escenas; pero como además me interesaba el caso, desde el punto de vista médico, terminé por prometerles mi asistencia. Iva abuela se empeñó en que me había de besar las manos; la nieta me dio las gracias con una intensa mirada de sus ojazos negros.