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GALERÍA DE FIGURAS SIN RELIEVE LA MUJER QUE ESPERA EN LA BOTICA fc osoTKOS ja conocéis tan bien como yo. I a habéis visto sentada con paciente resignación en esos característicos sillones de nuestras farmacias. Es unas veces joven doncella que espérala complicada medicina para sus señores. Es otras una vieja portera á quien su amo envió por inútil droga. Otras, en fin, es una pobre mujer que, arrebujada en su mantón, aguarda impaciente la que ella juzga salvadora panacea. Mil veces he contemplado con melancólica atención estas femeninas siluetas de la paciencia. Son de edades distintas, de diferentes naturalezas, de diversos atavíos, pero en conjunto constituyen un tipo único. Tipo de tranquila resignación, de estoica calma, de paciente selenidad. Raras veces entramos nosotros en una botica. Cuando lo hacemo. s, adquirimos rápidamente un específico cualquiera y en seguida salimos á la calle... Za mujer que espera se queda allí. Ea vimos al entrar sentada en un rincón, y en el mismo sitio la dejamos. Un momento nos miró con curiosidad, volviendo á poco á su pasiva indiferencia. Ignora el tiempo que lleva aguardando. No sabe cuánto la resta por esperar, El desarrollo de la escena que esta mujer representa es siempre el mismo. Entró en la botica cuando no había nadie en ella. Un timbre, unido á la puerta de entrada, anunció su presencia. Pasados unos minutos salió de la obscura trastienda un grave señor, de extremada palidez, que sin saludar alargó la mano en demanda del doblado papelito que la mujer le mostrara. El hombre ej? ó en voz baja la prescripción. Ea mirada interrogante de la mujer siguióle atenta. Terminada la lectura, el hombre murmuró: Estará dentro de una hora Y la mujer dijo: Esperaré Desapareció el mancebo. Sentóse la hembra v comenzó á esperar. ¿Qué hizo entonces? Para distraer su ánimo recorrió con la vi, sta el severo recinto. Repasó los rojos cortinajes, los obscuros testeros, los viejos divanes. Intentó inútilmente descifrar los extraños letreros escritos sobre los tarros formados en hilera sobre los estantes. Fijóse en los papeles de seda de diversos tamaños que apilados en estrella y sujetos por gruesas piedras, yacían sobre la marmórea mesa central. Estuclió la balanza que lentamente oscilaba dentro de una caja de cristales. Escuchó el tic- tac de un reloj coronado por el busto de un sabio. Oyó cuchichear en la rebotica, y dos veces se distrajo en la contemplación de nuevos personajes que entraban y salían. Después... volvióse á quedar sola con los tarros, la balanza, los enigmáticos letreros... De nuevo giró su vista sobre todo aquel rígido y sombrío conjunto... Dormitó un poco y despertó sobresaltada... El mancebo salía hacia la tienda. Elevaba en la mano una caja y una receta... Colocó ambas cosas, superpuestas, sobre la mesa y desapareció. No era aauélla tampoco la medicina que á nuestra resignada mujer correspondía. ÍJntonces siguió esperando. La misión de esta difuminada silueta es esperar siempre; con calma, con paciencia, sin atreverse á preguntar nada, sin saber qué misteriosas elaboraciones necesita la droga que ella ha encargado. La estoica figura de esta mujer es más interesante cuando está ligada al enfermo por vínculos de sangre. Amortiguase en ella, con la larga espera, el dolor y la impaciencia. Llega á olvidar el apremio con que exigió la enfermedad aquel remedio de tan lenta elaboración. Dormita quizá cuando alguno de los suyos se abrasa en fiebre... Y acaso no es esto para el observador lo más doloroso. Acaso lo más triste sea ver salir de la botica, terminada la espera, á aquella pobre mujer que oprime entre sus manos, con exagerada buena fe, el frasco ó la caja en que cree encerrada la salud de los suyos. ¡Para qué matar su ilusión! ¡Dejémosla ir! ¡Es la borrosa mujer que espera en las farmacias! Vosotros la recordáis tan bien como yo. L U I S DE TAPIA DIBUJO nE íANrnA