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LOS AMIGOS LITERARIOS S iVi UNAS SOMBRERERAS M l v- i T wyit, íí P ONOCÉIS á Gerarda? ¿Y á Fenisa? ¿Y á Isabel? ¿Y á Raquel? ci) i ¿Y á Guiomar? Todas estas son unas lindas toledanitas, menudas, blancas, picarescas. Gerarda tiene unas manos maravillosas, con unas uñas combaditas y rosadas; Fenisa posee unos cabellos de oro, sedosos; los labios de Isabel son coloraditos, delgados; Raquel es esbelta, cimbreante; y los ojos de Guiomar- -como los de su paisana Melibea- -son verdes, anclios. Y todas están trabajando en esta estancia de un grande caserón toledano; correnlos primeros años del siglo xvi; en la sala hay uno ó dos tornos de hilar que hacen un leve ruido cuando funcionan; hay también unos moldes extraños, unos grandes pedazos de castor y otros grandes trozos de joyantes sedas. Y estas lindas mozas toledanas van hilando unas, y van otras fabricando sombreros y bonetes. Y ya está descubierto el enigma; nos hallamos en una vieja sombrerería de Toledo. ¿No os atraen á vosotros estas históricas, legendarias, nobles industrias españolas? En Murcia, en Valencia y en Sevilla traman sedas maravillosas; en Ocaña hacen unos famosos guantes, que después se ponen estos señores á quienes retratan Pantoja y Velázquez; en Ajofrín construyen unas delicadas y sutiles espuelas (no las hay mejores en ninguna parte; no os canséis en buscarla. s) en Talavera fabrican unos platos, unos aguamaniles y unos cacharros portentosos; y aquí, en la imperial ciudad, labran los armeros peritísimos unas espadas que no tienen rival en el mundo; pero también existen unos talleres de sombrerería de donde salen los más elegantes, los más airosos sombreros, gorras y bonetes que puede ponerse sobre la testa un caballero. Diremos que, por lo que respecta á este capítulo de los sombreros, los españoles son un tanto caprichosos, tornadizos y amigos de las más extrañas y estrambóticas modas; Baltasar Gracián, en su Criticón, dedica unos párrafos á la infinita variedad de sombreros- -altos, bajos, chiquitos, anchurosos- -que se usan en España. Y si penetramos en este pequeño obrador toledano, comprobaremos por nosotros mismos, sin que nos lo diga Gracián, esta heterogeneidad estupenda, increída, de los chapeos españoles. Es por la mañana; acaban de venir al taller las operarías; un aire de alegría corre por la sala; va á comenzar el trabajo. Gerarda prepara uno de los tornos; Fenisa pone en orden el lino ó la lana; Isabel se apresta á cortar grandes trozos de paño; Raquel da forma conveniente á los fragmentos de seda con que han de ser forradas las copas y las alas de los sombreros (ya los habréis visto en esta guisa en los cuadros de Velázquez y de José Leonardo) y, finalmente, Guiomar, la de los ojos verdes, tal vez se asoma un momento á la ventana para ver si atisba á cierto enigmático transeúnte. Y todas van trabajando alegres y satisfechas; de rato en rato la estancia resuena con algún canto popular; acaso lo que estas lindas muchachas entonan es el viejo romance del paje Vergilios ó aquel otro del conde Claros. Y si ocurre que entra en el taller algún comprador (un estirado hidalgo que va á hacer un encargo, ó un reverendo abad ó presentado de algún monasterio ó de tal parroquia) veréis cómo estas traviesas mozas cuchichean entre sí, cómo lanzan miradas maliciosas al intruso, y cómo alguna sonrisa, alguna carcajada argentina revuela de pronto por la sala. No nos expongamos á estas livianas burlas; estas toledanitas son terribles; la reina Isabel la Católica decía que sólo se sentía necia en Toledo es decir, entre estas mozas repentinas y agudas. Abandonemos el taller; al lado de esta casa vive un respetable caballero á quien hemos de ir aún á visitar esta mañana; el autor desconocido de La- vida del lazarillo de Tormes, habla de él en el capítulo I I I de su maravilloso libro; este mismo autor alude también en el mismo paraje á estas sombrereritas á quienes acabamos nosotros de dedicar estas líneas. DIBUJO DE J. ARIJA AZORIN M