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nos, que comenzaron a charlar de cosas relacionadas con sus labranzas. Primero hablaron con lenta patanería, en diálogos que se arrastraban ronceros; pero conforme se fué vaciando el pote y las boteas, las voces se abruzaron 3 la conversación se enardeció, trocada ya en bullicioso charloteo. Las botellas de sidra daban la vuelta al corro, sintiéndo, se que la bullanga era más crespa á cada ronda y Jt vA alboroto a cada trago, de tal modo, que llegó á ser baraúnda de vozarrones broncos con restallidos de carcajadas torpes y gañanescas. Los dos cirios verdes alumbraban la escena con luz de tristeza, y a su claridad todos los rostros se encendían con rojez ebriosa. Sóio el rostro de la muerta conservaba verdor terrizo, pero allí de la muerta ya nadie se acordaba; los aperos de labranza; el carro con sus varas en alto, las hoces con sus hojas corvas, los horcones, los arados, los dalles parecían velar con mas piedad que los hombres, evocadores de una labor rústica, rae. uorias de la faena aorcstre que lleno el vivir de la muerta Oyóse muy lejano el gañido de un perro, que después se fué acercando para aullar m áV próximo tanto, que uno de los aldeanos salió del portalón para ahuyentarlo; pero el mastín, revolviéndose en la obscuridad hizo que su gañir resonase terrible casi al umbral de la portalada. Y después volvió á a ejarse cuando ya su lúgubre queja había sobresaltado á las bestias del corral, que se removieron alia dentro con rumos misteriosos, hasta que al fin una vaca, sin duda la lioxa, la preferida de Rita rompió a mugir lenta y quejumbrosa. Aún aullaba el lebrel corriendo á través de los prados enlobrecjdos; la Hoxa, aesde e pesebre, parecía contestarle dolorosamente, y el mastín en su carrera hendía ue cuando en cuando las tinieblas con gañido ronco. Los aldeanos callaron un momento, pero volvieron luego, con renovado vocerío, á la charla, á las castañas y á la sidra. Fué necesario reponer las bote: i l l a s y volvieron éstas á p a s a r de mano en mano, de boca en boca, vaciándose una á una en largos tragos que gorgoteaban como chorros al pasar p o r los g a z n a t e s resecos de tanta picotería 5- risotada. Entonces, ya quietas y en sosiego las bestias, oyóse otro p l a ñ i d o melancólico: fué la ramazón de la higuera, retorcida y desnuda de hojarasca, rojeada por la luz de las antorchas sobre la lobreguez nocturna. También aquel árbol, frontero al caserío de Rita, tuvo su queja, un murmullo de pesadumbre, un doliente susurrar de llanto, el rumor de un sollozo Abrióse en el horizonte u n a raya de luz, rasando los campos con claror lívido; amanecía. Los gañanes q u e velaban á Rita se rindieron á la pes a d e z d e l sueño profundo. Una ráfaga de viento frío llegó c o m p a ñ e r a d e l primer albor; la Roxa, revolviéndose en el establo, volvió á mugir con melancólica ternura; el lebrel aullador entró- -1 portal con recato medroso, y al ver que nadie le estorbaba, acurrucóse enroscado junto a l a caía. r- gallo anunció el nuevo día; sin duda era el gallo del caserío, porc ue u c; u; io fué estridente como clarín destemplado que resuena bronco. T ninu- io OF. MÉ -f: z- RINGA FRAXCISCO A C E B A L