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f a ds figuras sia relieve. A... M -OAEA DE BAKEIO iiás impaciente de todas náscaras. A las ocho de la mañana del primer día de Carnaval ya está en la calle. Los agrios colorines de su indumentaria desentonan con la clara luz matutina. Al salir de vuestras casas, ignorantes quizá de que la fiesta pagana ha comenzado, os sorprende encontrar aquella grotesca figura que, parada en una esquina, parece indecisa y como arrepentida de su vehemencia. Un grupo de chiquillos la rodea en actitud contemplativa. Vosotros no adivináis cómo á tan intempestivas horas aquel semejante vuestro ha podido ponerse en situación. Ignoráis quién es, qué intenta y el por qué de su prisa. Y sin embargo, la explicación es muy sencilla. Aquella máscara es la máscara de barrio. Es lo mismo el hijo de una portera que el oficial de un taller ó el dependiente de un comercio. Popular en su distrito, en el que todos conocen de antemano s u disfraz, vístese á primera hora y recorre las calles dando broma á los que están en el secreto. Mientras unos ríen con sonora idiotez, otros llaman al mascarí p por su nombre. Es Felipe el del 75 dice tsn carbonero desde el quicio de su negra covacha. Feiigfe n tanto, da aullidos atiplados, asusta á los chicos y párase en la tienda del Sr. Frutos á encendí u igarro... La historia de esta máscara es u n a pobre historia sin amates, sin orgías, sin locuras; Venecia y Niza son para nuestra figura palabras sin sentido. Su C k r n a v a s el de su calle. Su éxito, la risa de los imbéciles. Sus gracias, los gritos destemplados. -iv Dentro de su disfraz se aburre. Limitada á recorrer su W io, jamás se aventura en los revueltos mares del Prado y Recoletos. Si otra máscara bietí iVestid f asa á su lado, detiénese á contemplarla con envidiosa curiosidad. Convencida de su insigíiifi (ia cia, no se cree protagonista del Carnaval. ¡Es una máscara melancólica... Es la que á través de s careta risueña habla de cosas formales con un compañero de trabajo. Es la que vemos solitaria en alguna silenciosa plaza durante las horas en que todos se divierten allá en otros lugares. J en fin, aquélla que cuando el sol poniente dora las polícromas carrozas de la Castellana y la alegnWmborracha á las gentes que se estrujan en los sitios céntricos, entra en u n a taberna de su calle d e s i a á jugar al mus con tres amigos que no se han disfrazado. A veces la triste máscara es trágica. Su disfraz miserable se tiñe de sangre que la navaja hace brotar en lucha rufianesca. Pero su drama es siempre el vulgar suceso en que interviene el juez de guardia. Nada de puñales florentinos, nada de antifaces de terciopelo, nada de linajudos odios entre representantes de aristocráticos palacios. En el libro de la máscara de barrio no existen páginas brillantes. Todo es borroso y sin grandeza. Detrás de la grosera careta de cartón, bajo la rameada colcha de colores, u n idiota sin nobleza hace reir á unos cuantos zafios sin cultura... DIRUJO RE MEDINA VERA L U I S D E TAPIA