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jl iiMi- -aH. l. v r -V- EL PRIMER BAILE uién no tiene una historia que contar de su primer baile de máscaras? ¿A quién no le ocurrió algo interesante en aquella noche, feliz entre todas; cuando sus veinte años se vieron frente al amor v al misterio, esos dos únicos encantos de la existencia? Otros bailes llenan después las horas de nuestra juventud 3 nos hacen olvidar los pequeños sinsabores de la vida... Acaso conseguimos en ellos la consumación de algún ideal esperado con ansia, pero la dicha que nos proporcionan no puede compararse con las de aquel baile, con la de aquella aventura fugaz y encantadora como un sueño... Y cuando, al doblar definitivamente el cabo de la Esperanza, hemos adquirido ya ese santo reposo que nos pone á cubierto de las tentaciones; cuando sale de nuestro corazón y de nuestros labios el amargo pretérito hemos sido aún conservamos memoria de aquel instante luminoso que nos parece más grande cuanto más lejano... Vamos entonces á un baile con algunos amigos contemporáneos, deseosos de evocar los tiempos que pasaron, y la alegría de la fiesta nos entristece, y las inocentes locuras de los demás nos desaniman por completo. Desde nuestro palco miramos al salón, seguimos con la vista á las parejas felices que ríen y saltan, espiando sus saltos y sus risas... Y permanecemos callados, silenciosos, recordando aquel momento en que penetramos por vez primera en un salón, y la primera mujer que se apoyó en nuestro brazo, y los primeros ojos que nos lanzaron desde un antifaz sus miradas indescifrables... ¿Quién no tiene una historia que contar de su primer baile de máscaras? J a mía es bien sencilla. Hela aquí: Un año- ¡aj hace va tantos! -mi amigo Federico Sánchez y yo contemplábamos en las mnivídiaciones del teatro Real el prólogo del baile de Escritores y Artistas. A pesar de nuestra escasa edad, habíamos llenado ya por aquel tiempo un número considerable de cuartillas; y si bien casi todas ocupaban su sitio en la inmensa región de lo inédito, nosotros nos considerábamos con derecho a ser llamados escritores, á figurar en la Asociación y á participar de sus fie- stas. Estábamos, pues, aquella noche ofendidos con nosotros mismos, postergados á nuestros propios ojos; y ante los coches que llegaban rápidos, con su preciosa carga de mujeres enmascaradas, juramos, graves y solemnes, no faltar al baile del siguiente año, ya que para entonces seríamos escritores popularísimos. Federico no cumplió el juramento. Una imprevista explosión de su buen sentido le aparto para siempre del sendero de la poesía, llevándole al camino de la administración pública, y al dejarse de sueños y de ilusiones, abandonó también á los que de ilusiones y de sueños vivíamos, vivimos y viviremos. Yo, sin poderme librar del microbio literario que aún infecta mi preciosísima sangre, seguí llenando cuartillas, me acordé de mi palabra solemne y la cumplí como un hombre, Durante aquel ano mi derecho á ser considerado como escritor adquirió un sólido fundamento. Había formado parte de la redacción de un semanario escolar, v publicado en otros periódicos hasta tres artículos y cinco poesías; discutía, además, todas las tardes, v casi todas las noches, en un café con vanos compañeros sobre el mérito de los viejos y de los nuevos y la mayor ó menor justicia de las famas consagradas, y en los momentos de soledad me creía realmente un genio... ¿No era ya, por lo tanto, un escritor Fui pues á? í- baile. Recuerdo la precipitación con que adquirí el billete, temeroso de que se acabaran Y recuerdo también con cuánta impaciencia esperé el frac- ¡mi primer frac! -que un sencillo sastre ami o de mi familia, tuvo la bondad de hacerme con la sagrada fórmula de a pagar a plazos Creía vo entonces, como algunos revisteros de salones, que la primera obligación de quien tiene un frac es lucirlo, para deslumbrar al prójimo; por eso decidí tomar el tranvía hasta el sitio mas próximo al teatro Real, pues en un coche iría naturalmente solo, y á pie nadie se fijaría en mí.