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¡QUE ME QUITEN LO BAILADO 1 ON los bailes de máscaras materia dispuesta para todos los gustos y aficiones. Quién va por bailar meciéndose dulcemente á los acordes de una habanera provocativa, poniendo en su pareja los ojos tiernos y una sonrisa blanda; quién por recurso de entretener las horas; quién p o r celar á una individua que nos tiene en alarma constante; quién, como Colón, por si descubre alg- ún nuevo mundo, ¡cosabien difícil! quién por emborracharse francamente con el filosófico pretexto de que u n día es un día; quién por el infantil recreo de verter copioso cf) j f í sobre los grupitos amartelados, y qu 3 én de simple espectador para hacerse cargo nada más. Yo también voy al baile con un propósito decidido, que voy á revelar á continuación. ¿Por la alegría? ¿Por el mujerío? ¿Por el ¡viva la bagatela! pensarán ustedes No, señores, nó; por nada de eso. aunque me seduzca y me recree. Yo voj al baile persiguiendo un placer desconocido, que podrá parecerles inocente, pero que á mí me encanta. El de contemplar cómo s e aburren unos caballeros tristes, de lacias barbas y continente desgarbado, que silenciosamente dan vueltas y vueltas por el salón, sin que una mala mascpritales diga: ¡Qué divertido eres, Ortiz! Estos melancólicos señores, cuando se cansan, se sitúan en el centro de la sala, al lado de los bastonerOvS, con las manos en los bolsillos del pantalón y mirando con indiferente curiosidad á las parejas que bailan. De cuando en cuando se sacuden alguna serpentina que un chusco les dispara para comprometer su estabilidad; se limpian con el pañuelo el confetti y vuelven á colocarse las manos en los bolsillos del pantalón. Estos individuos son inatacables por todos los sistemas. Al pasar con leuta marcha, como si fueran á remolque de algún piquete, no falta quien les diga desde los palcos: jGracioso: ¡Viva tu madre! ¡Ole ahí los hombres con hechuras, ángel, aroma y tipo! Pero nada, el hombre triste levanta la cabeza, sin que se le altere un solo músculo de la cara, mira al palco y sigue su pasco por el salón, como si aquello no fuese con él. ¿A q u é van estos apreciables amigos? me pregunto. El hombre triste, el que no se divierte, es precisamente el último que sale del baile. ¿Cabe nada más gracioso? Algunas veces pienso: ¿se sacrificarán gustosos estos hombres, á sabiendas de que nos hacen la vida agradable? Uno sobre todo, es sencillamente épico. En el último vegUone lo vi sentado entre dos mujeres regordctas, enfundadas en dóminos blanco. Ni sus vecinas ni él se movierou en toda la noche. A las máscaras no hubo alma piadosa que se acercase. Ea gente tiene para eso un olfato exquisito, porque el tufillo de la vejez es penetrante. Mi héroe, al salir, tuvo una frase estupenda. Un amigo le dijo con absoluta sinceridad: ¡Cómo, t e diviertes todas las nochesl ¡Para ti es la parte agradable de la vida! -Sí- -contestó el hombro triste, queriendo nio dular una sonrisa. ¡A mí que me quiten lo bailado! ¡Lo b a i l a d o Pero cuándo? Dónde? pensé yo. Euis GABAEDON DIBUJOS DE XAUDARO L