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-Puesto que lo sabes, díme cuál es mi pena. -Tu pena es no poder gozar de una felicidad que ansias con toda el alma y no sabes dónde encontrarla. ¿Y tú lo sabes? -interroga de nuevo, admirado, el musulmán. -Lo sé. -Dílo pronto. -Sigúeme y lo sabrás. El musulmán hácese transportar en pos de la hermosa griega, que se detiene en la amplia galería desde la cual domínase la llanura en que se asienta Damasco. No ha llegado la hora del jnogreb; una luminosa diafanidad llena el ambiente embalsamado por los aromas de azahares, rosas y jazmines. La gran ciudad, la perla oriental, la hermosa odalisca de los poetas árabes, que exhala el perfume del Paraíso, está llena de rumores. En la galería, entre cojines blandos y suaves, F r e y a y Cays- ben- Azim remontan su vista por encima de otras azoteas lejanas, entre cuadros de verdura y esbeltos alminares. De pronto, con voz dulcísima, exclama la griega: ¿Ves, señor, el caserío de Damasco, tu vieja ciudad que aún no duerme? -Sí, mi hermosa Damasco. ¿Ves sus huertos floridos con sus limoneros y naranjos, con sus granados y arrayanes, con sus tenebrosos cipreses, con sus palmeras flexibles? -Los veo. ¿Ves más allá el río, el Baréd rumoroso, con sus siete canales, que serpea como franja de plata? -Sí, Freya; no agotes mi ansiedad. ¿Ves la llanura de Gutah, la hermosa vega; la montaña de Salhié, y allá á lo lejos la campiña, azul por la distancia? Levanta más los ojos. ¿Ves la muralla del Líbano, que cierra el espacio y blanquea sobre las nubes? ¡El Líbano! ¡La montaña sagrada de los maronitas! Sí, veo su imponente cresta. -Allí está tu felicidad. Allí mi felicidad! No te comprendo. En tus ojos veo un extraño mirar. Algo me dice que no mientes. ¡Ah, si mintieras! -ruge empuñando de nuevo el damasquinado alfanje. -Pero no; no mientes, y, sin embargo, dudo. Entonces el desconfiado árabe presencia en la griega una t r a n s f o r m a c i ó n maravillosa. El cuerpo de la joven hácese diáfano y luminoso, ün carbunclo mágico brilla poco á poco sobre su frente, y de sus e s p a l d a s mórbidas como un v a c i a d o heleno, comienzan á broV I tar alas tenues y tornasoladas. ¿Dudas ahora? -i n t e r r ó g a l e la lli, ÍÍiHlllMiW extraña criatura. -Yo no me llamo Freya yo no fui v e n d i d a por tus beduinos; y o n o soy tu esclava, soy una Perí. Cays- ben- Azim pásase la mano por los ojos y queda como asombrado. ¡Oh Perí! -susurra con dulzura. -Tuyo soy en cuerpo y alma. Díme qué debo hacer. La maga señala, sontiendo, las crestas del Líbano y habla así: -En las gargantas de aquella montaña hay un valle escondido; por él tienes que remontar hasta una fuente; en ella has de hacer tus abluciones á la hora S feyer y á la hora del mogreh, durante siete días consecutivos. Después subirás á la región donde blanquea la nieve, y de la no pisada por el hombre has de modelar una forma de muj er para colocarla sobre la arena de tu jardín. Así lograrás la felicidad que tanto apeteces. Esto dice la Perí, y poco á poco v a desvaneciéndose sin que pueda evitarlo el musulmán. II Por la puerta Bab- Tuma sale de Damasco una vistosa caravana; los dromedarios de perforada n a r i z van caminando en larga reata, unos cargados de cofres y fardos, otros con los odres de agua, tan necesarios en el polvoroso camino del desierto. Algunos llevan el tartandn ó litera donde las mujeres son conducidas en continuo balanceo. En una yegua de larga cola monta Caysben- Azim, seguido de abigarrada escolta de beduinos. La caravana atraviesa la llanura salpicada de risueños huertos; toma el camino de Beirut y avanza lentamente hacia el Líbano. La caravana sigue y sigue por entre bosques de moreras, buscando el valle invocado por la Perí. Cays- ben- Azim desfallece cien veces bajo el ardiente sol y otras cien reanima su espíritu á impulsos del afán que le persigue. H a descubierto el escondido rincón donde mana la fuente. Su caravana hace alto y él sólo asciende hasta mirarse en las cristalinas aguas. Siete veces la estrella Aldebazán ha brillado en la diáfana bóveda, y él otras tantas ha hecho las abluciones obligadas. Aún le resta recoger la nieve sin mancha; con ella carga algunos de sus dromedarios, y ya torna la caravana hacia su amada ciudad de Damasco. En el barrio de los cristianos busca afanoso artífices que sepan modelar la nivea materia, y aprende con sus manos delicadas, que no pueden resistir el frío contacto. En vano esfuérzase en formar la estatua de mujer; el soplo abrasador del desierto derrite su o b r a c u a n t o más y más se afana y cuando ve consumida toda la nieve, cae en amargo abatimiento y e x c l a m a ¡No puedo ser feliz! -y en un papiro traza esta sentencia: ¡La felicidad es una mujer de nieve que se disipa apenas se ha en k contrado! MANUEL L A S S A DIBUJOS I E E. VÁRELA; y