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CUENTO OBIEKTASi f AYS- BEN- AZIM está triste; reclinado en los cojines de brillante seda, sostiene con n n a mano la hermosa frente sus ojos soñadores están entornados, y en el s e m b l a n t e serio d e s t á c a n s e suspestañas largas y sedosas, negras como la noche del destino; su fiera barba encrespada, hundida en el pecho, oculta el gesto de a n s i e d a d el pliegue de amargo desaliento que su boca dibuja al contraerse. S u s ojos negrísimos y penetrantes clávalos con tenacidad en el caprichoso mosaico, donde las incrustaciones de jaspes, ónix y nácar pintan u n rico tapiz. El sonsoneo de los grifos, que vierten sobre la taza octógona de mármol sus arqueados chorros cristalinos, no le vuelve de su postración, antes le sumerge más y más en su amodorramiento. No distrae su imaginar con los mil diminutos espejos y medias lunas que decoran el artesonado de oro y vivos colores; no se recrean sus ojos en la contemplación de tantas riquezas esparcidas por la amplia cámara, no descansan en los valiosos tapices p e r s a s de complicada trama, no se detienen en las lámparas de cobre de Bagdad, que brillan con vivos reflejos. En vano el chibukyi carga la pipa favorita con el aromático latalia del Ivíbano y la ofrece con solicitud respetuosa á su señor; Cays- ben- Azim sigue inmóvil. Sobre el scanlet, incrustado de nácar y con filetes argénteos, h a y una bandeja llena de dátiles, dulces secos de Damasco y conservas de rosas de Constantinopla; los muezzines han entonado el dohor; los rayos del sol ardiente caen verticales sobre los blancos minaretes que no dan sombra, y todavía el impávido musulmán no se h a dignado tocar aquellas frutas. ¿Qué tiene? ¿qué ansiedad le entristece? Nadie lo sabe. En su harem enervan con aburrimiento el voluptuoso cuerpo cien mujeres hermosísimas como las huríes del Profeta; a o esperan más que una orden de su señor para rendirle u n amor obediente y prodigado sin trabas; la nubia, de ojos dulces de antílope y broncíneo pecho, sueña entre gasas y adormecedores pebetes con su bosque adorado; sin embargo, á una sola palabra de la vieja esclava, la segxiiría sumisa hasta postrarse ante su señor. I a circasiana, de niveos brazos donde los brazaletes brillan áureos, tañe el conun y entona canción melodiosa; más pronto enmudecería, para ceñir con ellos la cabeza de su amado señor. El pecho de ébano de la etíope se levanta á impulsos de una pasión ardiente, y ansia una sola palabra de su amo para postrarse á sus plantas y acariciar su rostro con el abanicó de brillantes plumas de avestruz. Todas correrían an- siosas, despreciando los sones dulces del tay y de la gtizla q u e entonan ambulantes cantores al otro lado de la cortina, guardada por eunucos, para b r i n d a r c o n los dones de su hermos u r a al poderoso Cays- ben- Azim; pero el musulmán, triste y melancólico, no es eso lo que apetece. Impenetrable como una esfinge, su figura, inmóvil entre los cojines del diván, no parece sino un montón de telas y gasas, sobre las cuales dest a c a s e el tarbzíck rojo, de larga borla. Sigilosamente avanza ante él una vieja e s c l a v a y vierte en sus oídos estas palabras: -Señor, entre tus mujeres hay una que conoce tu mal y puede remediarlo. Cays- ben- Azim levanta lentamente la cabeza; en sus ojos hay dos círculos morados; son las huellas del insomnio. Clava sus pupilas negras en las negras pupilas de la vieja, y empuñando su yatagán amenazador pregunta: ¿No mientes? -Señor, permita Alah que me entierren viva en tu jardín, bajo los rosales, si no te digo la verdad. -Bien, sea; tráeme á esa mujer. I, a esclava se retira, y vuelve seguida de una maravillosa hermosura que viste lujoso traje turco: dormán de verde terciopelo, sembrado de adornos de seda, oro y aljófar; una gasa listada, de Mosul, sujeta á la garganta con dos esmeraldas, deja traslucir el seno nacarado como las rosas de Alejandría; cendal de seda blanca de Alepo, salpicado de medias lunas, de plata, sírvele de cintarón, y sus bombachos de muselina caen en amplios pliegues hasta sus pies, diminutos como las flores del granado, que se esconden en babuchas de tafilete rojo cubiertas de pedrería. Al blando rumor de sus pasos, alza Caysben- Azim de nuevo su cabeza, y su pálido semblante palidece aún más a l a presencia de la doncella. La hermosa, entretanto, rinde su saludo colocando las manos sobre su pecho y cabeza en señal de sumisión. -Acércate. ¿Quién eres? ¿Cómo mis ojos no se han abrasado en los tuyos hasta ahora? -susurra el musulmán, mientras con un gesto manda á la vieja que se retire. -Señor, yo nací en Chío; mis padres sucumbieron al filo de las cimitarras turcas; recogióme un rico hebreo, que me vendió por unos cuantos cequíes á un poderoso musulmán. Un día que marchábamos por el desierto, fué asaltada su caravana por los beduinos, que me robaron y trajeron á Damasco para hacerme la más fiel de tus esclavas. ¿Cuál es t u nombre? -Freya. ¿Y cómo conoces el afán que me atormenta? -Porque fui dotada de u n a penetración más que humana.