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¿Perdonaréis esta confesión, eco lejano de una alegría juvenil? Pues bien: en el tranvía causé cierto efecto al desalDrocharnie el gabán para lucir mi adorada prenda y la brillante pechera de mi camisa. Y sólo amargó un poco mi felicidad la insistencia con que una señora vestida de luto y sentada en el banco de enfrente espiaba todos mis movimientos, sin apartar de mí sus ojos nublados por las lágrimas. Al apearme se apeó también y me detuvo, diciendo con voz temblorosa de emoción: ¿Vas al baile, niño? -Sí, señora- -contesté un poco turbado... Ella añadió, solícita: -Abrígate bien, hijo mío... En una noche así... ¿sabes? ¡Lo mismo que tú! Mi pobre Carlos! Y al perderse entre la gente, me siguió mirando todavía con ojos de llanto. Confieso que me impresionó la escena. ¡Sin duda mi presencia evocó un recuerdo renovó un dolor! Instintivamente me subí el cuello del gabán y cerré los labios con fuerza para evitar el aire... Mas la impresión duró muy poco. Las precauciones- y los tristes pensamientos sugeridos quedaron á la puerta del Real, por donde penetré afanoso, impaciente, con esperanza v temor á un tiempo, como siempre que nos encontramos ante lo desconocido... Ya los amigos estaban en el palco, que adquirimos á escote, con el indispensable aditamento de vinos y fiambres. El baile había comenzado y se animaba por momentos. Al poco rato, el salón hervía de gente y los palcos rebosaban. Besde el nuestro contemplé el espectáculo, superior al presentido en las descripciones leídas en cuentos y novelas. Y las mujeres y sus disfraces, los gritos, las risas, el ruido, el vértigo del. vals, me comunicaron su inocente alegría, limpia de esos pérfidos contrastes literarios entre la verdad y la mentira, la realidad y el sueño, el placer y el dolor, etc. etc. en cuyo nombre se han escrito tantas páginas desagradables... Sintiendo la necesidad de una aventura, de mi aventura, bajé al salón á perseguirla. Algunas máscaras sin pareja llamaron mi atención; mas no me atreví á detenerlas, temeroso V corto, poco seguro de mis facultades donjuanescas, casi inéditas entonces, lo mismo que las inmortales obras de mi pluma... De pronto sentí un brazo que se apoyaba en el mío, y una voz dulce y argentina, que aún me parece escuchar algunas veces: ¿Quieres llevarme al otro lado del salón? Me volví con rapidez. Era una criatura esbelta y atrayente. Sobre su cuerpo, que me pareció perfecto, realzábase un caprichoso disfraz, elegante y de buen gusto. Una linda caperucita completaba el encanto de su cabeza, ornada de cabellos rubios como el trigo. A través del antifaz, sus grandes ojos azules miraban con alegría y con dulzura. Sus labios eran m u y rojos. Y sus dientes muy blancos y muy pequeños... ¡Calla! ¿Eres tú? -dijo al mirarme. Y añadió con cierta solemnidad; Vas á partir! Mañana, cuando el día ponga sus esplendores en el cielo... ¿No son tuyos estos versos? Jamás he sentido una emoción semejante... ¡Mis pobres versos, epílogo de una historia amorosa que creí la única de mi existencia, recitados por una mujer desconocida! ¡Aquéllo era más de lo esperado! La acompañé apretándola contra mi brazo, temeroso de perderla... ¿Quién eres? la dije mil veces; y ella reía, reía siempre, sin contestar á mi pregunta. Sabía mi nombre, conocía á mis amigos, estaba al tanto de nuestros sueños de gloria, de nuestros proyectos literarios, y había leído nuestras pequeñas obras maestras... ¡Oh mujer adorable! A su lado pasé horas inolvidables de charla febril y apasionada. Y llegué á amarla y á decírselo. Y quise ver su rostro para grabarlo para siempre en mi corazón. E; ila se resistió valientemente. ¡Te me al desencanto! contestaba á m i s súplicas s o n r i e n do. L o g r é conv e n c e r l a de que subiera al p a l c o Allí bebimos en la misma copa. Y allí también, dominado por el deseo, la quité brutalmente el antifaz. Se burló de mi audacia con una carcajada, tapó su cara con el abanico y salió corriendo, sin que yo pudiera alcanzarla... La b u s q u é inútilmente aquella noche. La he buscado d e s p u é s en otros b a i l e s es; i K 1 rogando á todos los como si el tiempo hu itos... 11 el antifaz entre ¡mis papeles y mis recuerdos. Y en las horas tristes ó melancólicas, le contemplo- v me parece que me miran aquellos ojos que no he logrado encontrar, más en mi camino. Esta es la historia de mi primer baile de máscaras. A N T O N I O PALOMERO DICUJOSriE MlíXüEZ P. PINGA