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LAS DOS MUÑECAS Jp? RETCHEN, la princesa de una estirpe real de Alemania, parecía más bien una princesa de estirpe celestial. Procedía acaso de raza de ángeles. Su tez, blanca como rayo de luna; su cabello dorado como rayo de sol; sus ojos, azules como pedazo de cielo; sus labios, encendidos como nube de Poniente; su alma, suave, pura, blanda como claridad de aurora. Todo en ella parecía descendido de regiones etéreas; todo en ella denotaba orígenes más altos que la tierra. ¡Qué vida tan hermosa la de la princesa Gretchen, en su castillo de torres fuertes y puntiagudas como los abetos que lo rodeaban! ¡Qué amores tan dulces y Cjué frases tan tiernas revoloteaban bajo los arcos góticos de aquellos salones donde Gretchen tenía, como los místicos bajo las bóvedas apuntadas del templo, el culto de su corazón, el amor infinito de su hija, la princesita blanca y rubia como su madre. Z v, Al pie del castillo, en la tendida explanada, en el ángulo del hermoso jardín, escondida entre el follaje ytapizada por las enredaderas, estaba la casita del jardinero Fritz. ¡Pobre jardinero de estirpe plebeya! Su tez, obscura como terrón del suelo; su cabello, áspero como las hojas del pino; su espíritu, tosco como la corteza del roble. Todo en él parecía salido de la tierra y criado para la tierra. ¡Qué vida tan feliz la del jardinero en su casita estrecha 3- baja como su oficio y sus ambiciones! ¡Qué amores tan puros y qué frases tan sinceras revoloteaban bajo los techos blanqueados de aquellos cuartuchos, donde el jardinero tenía también el culto de su corazón, el amor de. su hijita, humilde y rústica como su padre! Gretchen quería mucho á Fritz. ¿Por qué? ¿Porque era buena y amaba á sus servidores? Sí; pero también porque adoraba las flores y el jardinero las cultivaba bien, casando hábilmente sus especies para ofrecer ejemplares raros á su egregia señora. Y el jardinero quería mucho á su princesa. ¿Por qué? ¿Porque había nacido en aquel jardín y á la sombra de aquel castillo, y comido siempre el pan de sus señores? Sí; pero también porque los humildes aman el amor de los poderosos. La princesa, cuando bajaba al jardín, besaba á la hija de Fritz, dándole flores de las que le ofrecía el jardinero. La niña, agradecida, le besaba la mano. -No me las agradezcas; son tan tuyas como mías; las cría tu padre, son tus hermanas. y la hija de la princesa y la hija del jardinero jugaban juntas con las flores como si efectivamente todas fueran hermanas. La jardinerita poseía una muñeca. ¡Algo han de poseer en la tierra los hijos de la tierra! La muñeca era tan pobre como su dueña. Tenía el cuerpecillo de trapo henchido de serrín; la cabeza, de cartón pintarrajeado; el vestido, de retazos viejos. Todo ello burdo y deslucido. La niña idolatraba á su compañerita muda, á pesar de su miseria. ¿Por qué no? También el jardinero amaba á su hijita á pesar de su pobreza. El cariño no nace donde se quiere, como aquellas rosas que Fritz plantaba donde las viera mejor su señora; brota donde él quiere, como aquellas flores espontáneas que el jardinero hallaba sin haberlas plantado. Una tarde, ¡tarde aciaga! la niña acostó á su muñeca sobre el pretil del estanque; empujada por los besos fuertes de la niña, la muñeca cayó al agua. Angustiada la niña, quiso recogerla: no pudo. La acequia que salía del estanque para regar los jardines tiraba del agua, y sorbiendo, sorbiendo y en remolinos mareantes, se tragó á la muñeca, que se iba, se iba cauce abajo, volteando sin cesar. La niña! a persiguió en vano para salvarla. La corriente era más rápida que sus pies. La muñeca botaba en el agua, se hundía unas veces, flotaba otras, y al fin de la brega del naufragio, dejando trozos del