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LA FLAUTA DE CARLOS V Carlos I de España y V de Alemania, el César hispano que, según lyOpe de Vega, tuvo la fortuna en i gniada de tal valor, que le tuvieron temor África, Asia y Europa, gran monarca, gran guerrero, gran político, gran pecador y gran penitente, fué también g- ran músico, al decir de algunos de sus biógrafos, aunque de sus méritos artísticos como compositor y como ejecutante no se ocupe la Historia, consagrada á referir y á encomiar las empresas políticas, sus proezas militares, sus aventuras amorosas y sus postrimerías Tuonacales. Pero ello es que fué músico. Un modesto organista flamenco llamado Van Viven le enseñó, aún en edad muy tierna, á tocar el clavecino; más tarde, con el maestro Bredemers, perfeccionó sus esttidios musicales, aprendiendo á tocar también el laúd, la flauta y la viola. Particularmente en el clavicordio y en el órgano llegó á ser lo que, en el tecnicismo musical, se llama un verdadero virtuoso En otros muchos actos de su vida, esta palabra hubiera resultado de una grandísima impropiedad. Sus obras, como compositor, se han perdido, quedando sólo una especie de apunte para una composición de carácter religioso, que la tradición le atribuye, y noticia de alguna otra de igual género en que se cuenta que hizo ciertas correcciones el famoso maestro sevillano Francisco Guerrero, que acompañó algún tiempo al Emperador, retirado en el monasterio de Yuste. Por cierto que la idea que el augusto músico tenía de su corrector no era muy lisonjera. M. Alberto Soubies, en su Historia de la Música, dice, hablando de aquellas correcciones: Por otra parte, puede inferirse de un pasaje de la Crónica de Sandoval, obispo de Pamplona, que habiendo presentado al Emperador una colección de las obras del maestro de Sevilla, hizo ejecutar una de sus misas, y creyendo notar en ella algunas reminiscencias, dijo en tono de broma: ¡Qué picaro ladrón es este Guerrero! palabras de que algunos historiadores han sacado partido para encomiar la perspicacia artística del exmonarca. De su talento y habilidad como ejecutante tampoco han quedado noticias m u y concretas, aunque Vander Straeten dice, refiriéndose á algunas de la época que en su juventud se le vio tomar, alto y firme, el cetro musical, esperando la ocasión de empuñai el cetro político Pero aun cuando las ponderaciones encomiásticas hayan podido obedecer á adulaciones cortesanas ó á referencias, inexactas, y el egregio músico no hubiera sabido tocar ningún instrumento para, en caso de necesidad, poder así buscarse la vida es lo cierto, si no miente una anécdota corriente y tradicional en Flandes, que en ocasión bien apurada y difícil pudo D. Carlos ganarse la vida tocando la flauta. El mencionado Vander Straeten en una obrilla, aunque no muy antigua m u y rara, porque sólo se imprimieron cien ejemplares de ella, refiere esa anécdota popular, cuyo asunto está representado en una estampa del célebre pintor Bernardo de Orley, generalmente conocido con el nombre de Barend von Brussel (Bernardo de Bruselas) El original se conserva en la biblioteca de la Universidad de Gante. Don Carlos, cuyos gustos artísticos eran compatibles con sus instintos bélicos, tenia gran afición á la caza, que por algo se ha llamado imagen de la guerra En cierta ocasión, hallándose en una cacería se apartó, sin darse cuenta de ello, de los otros cazadores j- de su acompañamiento hasta encontrarse perdido y sin saber qué rumbo cierto podía tomar. Marchando á la ventura vio una venta y á ella se encaminó, esperando encontrar quien le encaminara y aun sirviera de guía, pero la venta era albergue de una partida de ladrones, que al ver entrar por las puertas á aquel señor, solo, bien portado y adornado con algunas ricas joyas, se apresuraron á aprovechar la casualidad que les deparaba un buen negocio. Convencidos de que nadie lo seguía, haciéndole grotescos saludos y dándole con burlescas demost r r- i o n e s la bienvenida, fueron quitándole cuanto llevaba encima, para aligerarle de todo peso y aliviarle de toda incomodidad y molestia. Apoderóse uno del sombrero en que lucía rico joyel, despojóle otro del gabán de terciopelo forrado de finísimas pieles; tomóle el tercero las armas, que eran admirables por el valor y el arte, y ya iba el cuarto, pues eran cuatro los bandidos, á echar mano á una larga y pesada cadena de oro que llevaba al cuello, cuando el cazador, que hasta aquel momento no había opuesto la menor resistencia,